Natasha Bisbal

Caitlyn Jenner y la realidad que nos enfrenta

Reconozco que hablar de Caitlyn Jenner, anteriormente conocida como Bruce Jenner, el atleta olímpico de los setenta que recientemente se sometió a varias cirugías para iniciar su transición como mujer transexual posiblemente provocará una conversación con opiniones encontradas. Como este espacio lo ocupo para hablar de temas de la vida cotidiana, hablamos del “elephant in the room”, un dicho americano que significa hay una situación difícil que la gente no quieren hablar o no saben cómo empezar.

Este mes me sentí llamada hablar con ustedes sobre esta noticia que ha recibido mucha atención en los medios de comunicación durante las últimas semanas. Antes de  continuar, quiero compartir con ustedes que oré mucho, leí varios artículos y consulté con diferentes personas —amigos, colegas y mentores, personas con una perspectiva católica u otros sin esa misma perspectiva pero todavía con una voz relevante.

La conversación alrededor de Caitlyn toma diferentes formas. Su transición a otro género nos obliga mirar a nuestra fe en el cristianismo como católicos, la verdad que enseña y nuestro papel en la sociedad. Si estamos llamados a ir a las gentes de todas las naciones y hacer de ellos discípulos, ¿cómo podemos aplicar este llamado al tema de Caitlyn y la comunidad transexual?

Primero, tenemos que ver a Caitlyn y a las personas transexuales como hijos e hijas de Dios como son y al igual dialogar sobre este tema con compasión y sensibilidad. La última cosa que queremos hacer es tratarla a ella y al resto de la comunidad sin dignidad o respeto.

Sabemos que en el plan de la creación, hombre y mujer Dios los creó. El género humano se refleja en Su plan divino también, ya que son parte de la creación. Si la fe nos enseña lo buena que es la creación, tenemos que entender igualmente que cada parte del plan también es bueno y si es bueno para Dios tendrá que ser bueno para nosotros.

Espero que no haberlos perdido hasta ahora. En la creación, Dios también nos dio la libertad. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “el ejercicio de la libertad es un derecho original de la dignidad humana; la libertad del individuo solo puede ser limitada por las leyes civiles cuando mediante el ejercicio de su libertad lesione la dignidad y la libertad de los demás”. [1738, 1740]. Hay que entender que Dios, en su infinita gloria nos dio la oportunidad de tomar decisiones para nosotros. No sería un Dios de libertad si nos obligara a la fuerza, en lugar de esto podemos con nuestra razón e intelectualidad escoger el camino que queremos o pensamos que es mejor, aun si decidimos actuar al contrario de la Iglesia.

La Iglesia, en cambio, es “madre y maestra de pueblos” como dijo san Juan XXII en su encíclica de 1961 Mater et Magistra (Madre y Maestra). Hoy en día el papa Francisco invoca el mismo sentido. En una entrevista, el Sumo Pontífice contó una anécdota de una persona que le preguntó si aprobaba la homosexualidad —distinta al transgenerismo pero un ejemplo clave para nuestra misión pastoral en este tema complicado y sensible. Su respuesta: “Cuando Dios ve a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza condenándola? Hay que considerar siempre a la persona. Aquí entramos en el misterio del hombre. En la vida, Dios acompaña a las personas, y nosotros debemos acompañarlas a partir de su condición. Hay que acompañar con misericordia. Cuando esto sucede, el Espíritu Santo inspira al sacerdote para que diga lo más justo.”

Sé que habrá personas a las que ni les interesa tener esta conversación, pero la realidad es que la transición al otro género no solo está pasando en Hollywood sino en nuestras comunidades. La diferencia es que en barrios fuera del glamour de las cámaras hay hombres y mujeres que experimentan violencia e injusticias, algo que en el caso de Caitlyn u otras celebridades de la gran pantalla quizá no ve.

En respuesta a esto, la Iglesia y sus fieles están llamados a no disminuirlo sino ser sensibles al tema y a la comunidad porque es una circunstancia dolorosa para las personas que experimentan los cambios al igual que para sus seres queridos. Tenemos que respetar la dignidad de cada persona y amarlos aunque estemos en desacuerdo con ellos. Al final, hay que recordar el segundo mandamiento: amarás a tu prójimo como a ti mismo.