Opinion

El fuego del Espíritu Santo enciende el amor de madre

El amor de las madres y la experiencia de Pentecostés —es decir, el sentir y experimentar el amor profundo de Dios en una forma muy personal—, son amores redentores. Como dice San Pablo en 1 Corintios 13, 7: “El amor todo lo perdona, todo lo justifica, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. Yo experimenté este amor intenso en la Renovación Carismática a través de lo que llamamos efusión o bautismo del Espíritu Santo, cuando unos hermanos impusieron sus manos sobre mí, en un acto fraternal, y oraron para que el Espíritu Santo, que mora dentro de nosotros, me hiciera experimentar este gran amor.

Como madre y como hija, la experiencia de Pentecostés en mi vida personal me ha transformado en mejor ser humano, mejor madre y mejor hija. Nunca olvidaré la primera vez que sentí este amor intenso de Dios por mí. En medio de lágrimas pude entender el gran amor que mi padre y mi madre siempre han tenido por mí; la gran dignidad que tengo como hija de Dios; y lo que significa el don de ser madre. Es como si hubiera despertado a un mundo nuevo, en el que aunque imperfecto, el amor de Dios nos da la fuerza, la alegría y la paz para enfrentar las situaciones diarias de una forma diferente; y para aceptar y amar a los demás que, como yo, son también hijos de Dios.

Por otra parte, el sentirme amada por Dios me ha llevado a concientizarme de mis pecados y de mis faltas. Me he responsabilizado de mis errores, sin culpar a nadie, y sin tratar de cambiar a nadie. Me he convencido que el cambio es muy personal y se da sin presiones y sin exigencias. Es la fuerza del amor de Dios experimentado en el corazón a través del Espíritu Santo que nos lleva a una decisión de querer cambiar. Y es el testimonio del amor nuestro, bañado por el amor de Dios, que lleva a los demás a notar que hemos cambiado, llevándolos a ellos a buscar también un cambio en sus vidas.

Las madres seremos mejores madres, mejores hijas, mejores mujeres, si dejamos que el Espíritu Santo tome control de nosotras. El Señor nos dotó desde la eternidad con un don natural, el don del amor. ¡Reflexionemos en cómo este amor puede llegar a ser amor transformador en el mundo, si se deja tocar por el dedo de Dios que es el Espíritu Santo! Como dice San Pablo en Romanos 5,5: “El amor ya ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.”

En el nivel teológico, el padre Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia, nos explica que la experiencia de Pentecostés fue una experiencia del amor de Dios de tal intensidad que los apóstoles se sintieron inundados por el amor de Dios por ellos. La experiencia fue tan grande y tan profunda que la paz y la alegría se apoderó de ellos, a tal punto que la gente creía que estaban borrachos (Hechos 2: 13). No sólo experimentaron el amor intenso de Dios, sino que este mismo amor movió a los apóstoles a un cambio radical de vida. Todo esto,dice el padre Cantalamessa, sólo se puede explicar a través de la intervención del fuego divino del Espíritu Santo.

Es decir, esta experiencia es para cada ser humano, hombre o mujer, que abra el corazón y desee experimentar el amor de Dios, como lo experimentaron los apóstoles. En el caso de las madres, en este mes de mayo, y ya muy cerca de la fiesta de Pentecostés, en este día especial del Día de las Madres, pidámosle al Señor que cada madre experimente el gran amor de Dios para que ayude a promover una cultura de Pentecostés en sus hogares y en el mundo de hoy. Oremos:

“Señor, bendice cada madre, derrama
tu Espíritu sobre cada una de ellas, y allí junto
con ellas y con nuestra madre María, derrama
tu Espíritu Santo sobre cada uno de tus hijos.
Gracias, Señor. ¡Espíritu Santo, ven!”.