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Carta del Obispo de Guantánamo-Baracoa, en Cuba, sobre los daños causados por el huracán Matthew

Verdaderamente no sé cómo empezar a describir lo vivido en estos días. Es verdad que tenemos grabadas en nuestra retina imágenes difíciles de describir, pero también ¡es tanto lo que tenemos que agradecer a mucha gente preocupada y ocupada, que han estado rezando y rezan por nosotros, que han prometido ayudas o las han enviado ya!

Mi memoria vuela hacia el 15 de agosto pasado, fiesta de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa… ¡Quién iba a imaginarse que 50 días después de ver nosotros aquellos lindos fuegos artificiales que cerraban los festejos por el cumpleaños 505 de la ciudad primada de Cuba, un huracán categoría 4, al que todos añadieron muchas veces el calificativo de “poderoso”, iba a llenar la ciudad (y varios municipios más) de escombros y de casas sin techo!

Realmente, los destrozos han sido grandes. Muchísimas matas de palma y de coco han perdido todas sus hojas. Mirándolas en las montañas parecen algo así como blancos cigarros puestos de pie. Los demás árboles tienen solamente troncos y ramas porque sus hojas ya no existen. Y ¡cuánto daño han recibido las casas! En los municipios de Baracoa, Maisí e Imías han quedado muchas, muchas de ellas sin techo y no pocas totalmente destruidas. Y todo ese horror se ha vivido en unas pocas horas de la noche del martes 4 de octubre. Escuchando los testimonios de las personas, pensaba en el himno de la Oración de la Mañana que comienza con el verso: “La noche, el caos, el terror…” Eso fue lo vivido por tantos hermanos nuestros.

Desde que tuve noticias de los enormes daños, di gracias a Dios porque no se hablaba de víctimas mortales porque, viendo ahora lo sucedido, era para que hubiese habido unos cuantos fallecidos. Menos mal toda la gente que fue evacuada a tiempo o los que se refugiaron en cuevas o en los conocidos “vara en tierra” (me dicen que sólo en uno de ellos había 32 refugiados). Algunos no salieron de sus casas pensando que serían resistentes y menos mal que no se equivocaron. Lo que sí quedó demostrado es que resistieron las casas que tenían sus techos de placa. Me dio alegría ver cómo quedó intacta la nueva iglesia de los Adventistas del Séptimo Día en la carretera a Sabana. Hasta hace muy poco era de madera y techo ligero pero ahora la han construido de bloques y con techo de hormigón. Allí pasaron el ciclón, y se salvaron, varias decenas de personas.

A la mañana siguiente del paso de Matthew, exactamente a las 6 menos cuarto de la mañana, salimos Chebita (misionera en Imías), el chofer Mario y yo con el propósito de llegar a las comunidades afectadas. Al llegar al lugar conocido como el Bate-Bate (camino junto al mar) la carretera estaba destruida y la furia del mar había arrojado montones de arena y piedras de distintos tamaños que impedían el paso. Cuando nos cansamos de apartar piedras para que el carro pasara, tratamos entonces de tomar un terraplén cercano… y nos atascamos. Demoramos tres horas en salir del atasco. La ayuda para ello vino de tres hombres que pasaban en una motoneta. No se nos olvidará nunca su gesto porque se empaparon con la lluvia que caía y se enfangaron. Dios les pague. Pudimos entonces continuar y visitar las comunidades de San Antonio, Imías y Cajobabo y compartir con sacerdotes, religiosas y laicos. En Cajobabo, alguien nos hace saber que en una casa de placa habían pasado el ciclón 75 personas. Y allí llegaron las primeras lágrimas recogidas: una señora que conozco lloraba, junto con su nieta, porque habían perdido el techo y sus “cuatro” cositas. La realidad era que, a medida que nos acercábamos a Baracoa, los daños se veían mayores.

Que si la fuerza de un huracán categoría IV es enorme, bastaría con mostrar la foto de una enorme ceiba junto a la carretera con la que, no pudiendo el huracán arrancarla de raíz porque seguramente la mata le ofreció resistencia, entonces ¡la partió por la mitad! También podría enseñarse el estado en que se encontraba la conocida loma de La Farola: ayer contamos 21 derrumbes aún por limpiar por lo que supongo que habrán sido unos 30, o lo que es lo mismo: uno por kilómetro. O mostrar la teja de zinc que se clavó en la mata de naranjas de la casa (ahora sin techo) del Diácono Carreño en Baracoa. Por supuesto que me recordó la foto de aquella palma (en Batabanó) atravesada por una frágil tabla de pino durante el huracán del 20 de octubre de 1926…

A Baracoa llegamos porque Dios puso su mano y también por otras manos solidarias. Al comenzar a subir La Farola había muchas piedras en el camino. Las íbamos apartando con las manos y así la máquina avanzaba. Detrás de nosotros llegaba otro automóvil donde venían autoridades de la provincia y del país. Junto perseguíamos el mismo objetivo: llegar a Baracoa. Un poco más adelante había un grupo de trabajo esperando a las autoridades con moto-sierras, etc. Y empezaron a abrir camino. Nos pusimos al final de la caravana. Y así fuimos avanzando hasta llegar casi a Baracoa. Un enorme derrumbe hizo imposible el continuar. Pero vinieron desde Baracoa a buscar a las autoridades y me invitaron a que, si quería, podía también pasar a pie el derrumbe e ir para la ciudad en alguno de los jeeps que habían venido. Como mi objetivo era llegar a Baracoa aunque fuera a pie, no lo dudé un instante. Gracias a ese gesto pude llegar a Baracoa. A la entrada de la ciudad, ya empecé a ver los daños. Nuestra iglesia de Cabacú, dedicada a la Virgen del Carmen, estaba en el suelo. Solo había quedado en pie la pared del fondo. Finalmente pude entrar en la Casa Parroquial de Baracoa a la una y treinta de la madrugada, casi 20 horas después de haber salido de Guantánamo destino Baracoa.

A la mañana siguiente, viendo los destrozos ocasionados, trataba de darme ánimo repitiendo lo que responden los fieles en cada Misa cuando el celebrante les dice: “Levantemos el corazón”, y ellos responden: “Lo tenemos levantado hacia el Señor”. Era éste mi deseo profundo: Levantar mi corazón hacia Dios para tener luego fuerza para ayudar a que los afectados también levantaran sus corazones.

Más que otras veces, y ante la frustración que da el sentirse impotente y no poder arreglar todo lo dañado que uno va descubriendo, acudí a la oración de intercesión. Me venía mucho a la mente el episodio de Moisés intercediendo con los brazos en alto mientras el pueblo libraba aquel combate (Ex. 17). Cuando Moisés bajaba los brazos (dejaba de rezar, digo yo) el pueblo empezaba “a perder”. Y por eso los ayudantes de Moisés buscaron piedras para ponerlas debajo de los codos de Moisés para que él pudiera mantener sus brazos en alto. Es lo mismo que les he pedido a los que he encontrado: que ayuden en todo lo que puedan pero que no se olviden de la gran fuerza de la oración intercesora.

Conocidos “por arribita” los daños en los municipios de San Antonio, Imías y Baracoa, solo faltaba pasar a Maisí. A este último municipio pude llegar finalmente, en el día de ayer. Antes había intentado dos veces pero las dos carreteras de acceso estaban colapsadas: una por un puente roto y la otra por estar llena de árboles y postes del tendido eléctrico caídos (son más de 1,000 en la provincia, según el periódico). Ciertamente, me imaginaba que iba a encontrar lo peor porque, según mis pobres cálculos, por allí debió pasar el lado derecho del huracán (que según se ha explicado es el de mayor fuerza). Realmente eso fue lo que encontré. Creo no exagerar si afirmo que Maisí está destruido. Hay imágenes de casas desplomadas que recuerdan las fotos que todos vimos de cuando el terremoto en Haití.

Pudimos visitar Sabana, La Máquina, La Yagruma y la Punta de Maisí. Todo estaba tan destruido y tantos árboles desaparecidos que parecían lugares donde nunca habíamos estado. ¡Tanto había cambiado su aspecto!

El periódico Venceremos habla hoy de un 80% de las viviendas afectadas allí.

Nos dedicamos a levantarle el alma a la gente. A escucharles contar lo vivido y escuchar de sus labios el agradecimiento a Dios por estar vivos “que es lo más importante porque lo material se arregla”… Como siempre, aprendí muchas cosas de la gente sencilla. Sin bajarme de la máquina conversaba con una familia a la que no le dimos nada material, solo nuestros oídos y nuestro aliento. Cuando nos íbamos, el jefe de la familia nos pidió: “Vuelvan otra vez”.

En eso está ahora nuestra Iglesia. Volviendo una y otra vez. Localizando las personas vulneradas por su enfermedad, su invalidez, su vejez, para llevarles un poco de aliento y un poco de comida: una sopa, un arroz, unas galletas con guayaba.

¡Qué optimismo el de los cubanos! Comenté que las matas de malanga habían perdido las hojas y estaban destruidas. Y fue una mujer de allí la que añadió: “Seguro que ahora van a salir más bonitas las malangas”…

En circunstancias como la vivida, pasa lo mismo que en los hospitales: el dolor une. La gente se vuelve más solidaria. Me contaron que durante el paso del huracán, protestantes y católicos refugiados en el mismo lugar habían rezado juntos por primera vez en ese pueblo. Igual pasaba con personas que estaban distanciadas unas de otras.

También una señora nos contaba que, mientras el huracán hacía de las suyas, “nosotros alabamos al Señor y cantábamos y rezábamos para que nos dejara con vida aunque todo se destruyera”.

Hay hechos que también me “levantaron” el alma:

  • Encontrar a los sacerdotes y religiosas visitando a la gente…
  • El ejemplo de un motorista que traía un pasajero. Al llegar, éste último se quita el casco y le va a dar los diez pesos. Y el dueño de la moto se negó a cogerlos. ¡No se quería aprovechar de la desgracia de otros!
  • También “levantaba” el alma ver, avanzando por la carretera con la bandera cubana delante, a varias caravanas de camiones de la Empresa Eléctrica y de Teléfonos de otras provincias que venían en ayuda de sus hermanos de la provincia guantanamera.
  • O escuchar a aquel jefe de una brigada de eléctricos que, al pasar yo y saludar, me pidió: “Obispo, rece por nosotros, que estamos trabajando con corriente”.
  • O también oír el grito de aquella mujer, cuando íbamos camino del Jamal que nos lanzó una sola palabra que se nos ha convertido en una orden: “¡Ayúdennos!”

Luego de conversar con los sacerdotes y la superiora de las religiosas de Baracoa, les he pedido varias tareas para estos primeros días:

  • Estar con la gente allí donde están. Recoger sus lágrimas. Levantarles el corazón. Darles esperanza. Hacer lo que hicieron y decir lo que dijeron los apóstoles: “No tenemos ni oro ni plata, pero lo que tenemos se lo damos” (Hech 3, 6).
  • Darles comida a los que tienen hambre. Ayer, por cierto, recogimos a un hombre que iba a pie por la carretera en busca de sus familiares y nos confesó que llevaba dos días sin comer y uno sin dormir…

Afortunadamente, el personal de Cáritas-Guantánamo, con su directora Maribel al frente, está muy activo en ese punto.

Los animadores de las comunidades deben hacer una lista con las personas que necesitan esa ayuda. Por su parte, el camión del Obispado se está moviendo de un lado a otro llevando lo que otras Diócesis nos hacen llegar: galletas, arroz, frijoles, agua, salchichas, sardinas, aceite, jabones, detergente, velas, fósforos, etc.

  • Invitar a todos a orar, como lo hizo Moisés, intercediendo por nuestro pueblo (Ex. 17). Pueden surgir muchas iniciativas al respecto. El rosario en familia a la Virgen, Consuelo de los afligidos, podría acompañar estos días.
  • No dejar de celebrar la Misa dominical especialmente en los lugares donde se haya caído el templo. Les recomendé apartar un poco los escombros y colocar una mesa que sirva de altar provisional e invitar a los fieles a ir con su sombrilla por si hay lluvia o sol. Debemos tener claro, y que todos lo sepan, que se ha destruido el templo… ¡pero no la Iglesia! Personalmente presidiré la primera Misa de mañana domingo en la Basílica de Baracoa, y las otras dos sobre los escombros de los templos de Cabacú (Baracoa) y Punta de Maisí (junto al Faro).

En estos primeros días, ya se han hecho presentes las muchísimas personas e instituciones que quieren ayudar a nuestra recuperación. Jóvenes de la Catedral y de La Milagrosa, junto con los Padres Jean, Heidel, Yaser y varios laicos, han ido a los lugares afectados a prestar su ayuda. Han prometido su presencia inmediata los jóvenes de Bayamo. En La Milagrosa hoy han cocinado bien temprano unas ollas de arroz con jamonada que las Hermanas Claretianas unidas a las Dominicas del Santo Rosario y a Chebita han distribuido a afectados en Imías. Las Cáritas de las distintas diócesis están enviando donaciones. Los Organismos católicos de ayuda también se han hecho presente. Las llamadas telefónicas vienen de cualquier del país o del resto del mundo brindando su ayuda. Los correos son numerosos y que no he podido contestar aún. ¡La gente es tan buena! Sé que muchas personas, incluyendo a mis familiares, llamaron una y otra vez para tratar de comunicarse conmigo pero en los dos días que pasé en Baracoa no había ningún tipo de comunicación. A todos mi agradecimiento personal.

Rezo por los sacerdotes de la Vicaría de Baracoa-Maisí (Matteo, José, Efrén y Alberto), por las religiosas (Sor Judith, Sor Louise y Sor Dayanis, y el diácono Carreño y su familia. Rezo por tantísimos laicos que están haciendo maravillas. Sé que todos están siendo la mano derecha del Señor que quiere tocar, consolar y ayudar a todos los damnificados. Que Dios les dé fuerza y salud para que sigan haciendo lo que expresan aquellos pensamientos que alguna vez hemos leído: “Dar toda la ayuda que puedan, por todos los medios que puedan, en todas las formas que puedan, en donde puedan, todas las veces que puedan, a todos los que puedan y por todo el tiempo que puedan”.

Se ha vivido un “viernes santo”. La fe nos convence de que habrá un “domingo de resurrección”. Ella será el hilo conductor y la columna vertebral que en estos momentos nos tiene que sostener. Afortunadamente, los cristianos tenemos la suerte de que, gracias a nuestra fe, podemos ver doble, o sea, ver lo que todo el mundo ve pero también ver lo que nadie ve. Y nos pasa como al buen ladrón crucificado junto a Jesús: en medio de la tragedia encontró el camino. Es la salvación de Dios que tenemos que descubrir en este momento donde la tragedia se nos impone y podemos caer en la tentación de no verla.

Guantánamo, 8 de octubre del 2016

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 Por último, les comparto los daños a los edificios de la Iglesia conocidos hasta esta fecha:

  • Hay 4 iglesias totalmente derrumbadas: Cabacú, Pueblo Viejo, La Tinta y Punta de Maisí.
  • Hay afectaciones en techos, paredes o ventanas en las Iglesias de Imías, Cajobabo, La Yagruma, Sabana, El Jamal, y la Casa Parroquial de Baracoa así como la Casa de las Hijas de la Caridad en esa ciudad.

 

Mons. Wilfredo Pino Estévez

mons_wilfredo_pinoMonseñor Pino es el obispo de la Diócesis de Guantánamo-Baracoa, en el extremo oriental de Cuba. Se ordenó como sacerdote el 1 de agosto de 1975. Recibió la ordenación episcopal el 27 de enero de 2007.