Columna del editor

El Papa, el Imán y los cristianos de Egipto

DURANTE SU RECIENTE VISITA a Egipto, el papa Francisco visitó la Universidad de Al-Azhar, y se negó a usar
un carro blindado para desplazarse por El Cairo. Muchos habrán visto el rechazo del carro blindado como un gesto de valor personal, y por supuesto lo fue. No menos audaz y reveladora fue su decisión de visitar el centro teológico más importante del Islam Sunní.
ANTECEDENTES DEL VIAJE: ISIS

“Dios ordenó que se debe matar a los infieles”, se afirma en un video publicado en febrero por el Estado Islámico en Egipto. Allí también se explica que los cristianos son, por definición, “infieles”… y que son además “la presa preferida” del Estado Islámico.
No era una amenaza inocua. En diciembre habían muerto 25 cristianos coptos, la mayoría de ellos mujeres y niños, en un atentado contra una capilla adyacente San Marcos, la catedral copta de El Cairo. “Que sepan todos los infieles y apóstatas de Egipto y de todas partes, que nuestra guerra contra los idólatras continúa”, se afirmaba en el mensaje en el que el Estado Islámico reivindicó ese atentado.

Hace un mes, el 9 de abril, Domingo de Ramos, en la iglesia copta de San Jorge, en la ciudad de Tanta, y frente a la catedral de Alejandría, los terroristas del Estado Islámico volvieron a masacrar a la comunidad cristiana. Tras la explosión de sendas bombas en los dos templos quedaron 53 muertos y más de 200 heridos. Esos son los casos que leemos en primera plana, pero el Estado Islámico asesina cristianos en Egipto casi todos los días: son, tristemente,
“su presa preferida”. El objetivo es claro: aterrorizarlos para que abandonen Egipto.
Un reciente artículo del periódico británico The Guardian describe la cacería de cristianos que el Estado Islámico —también conocido como ISIS o Daesh— ha llevado a cabo en la ciudad egipcia de El Arish. En el artículo se narra el asesinato de un dueño de bodega en frente de su esposa y de su hijo. También se mencionan el asesinato de un
veterinario, un jornalero, un maestro, un plomero… Sólo tenían una cosa en común: eran cristianos.
LOS MUSULMANES DE EGIPTO

Egipto es un país de ochenta millones de habitantes. De ellos, el 88% son musulmanes y el 10% cristianos. Esos ocho millones son la mayor comunidad cristiana del Medio Oriente. Los cristianos en Egipto son ciudadanos de segunda clase. Las leyes y las normas religiosas los convierten en parias en su propia patria. La ley egipcia prohíbe abandonar el Islam, aunque no especifica el castigo para los apóstatas. Un reciente estudio de Pew Research indica que el 63% de los musulmanes de Egipto están a favor de la pena de muerte para cualquier musulmán que se convierta al cristianismo.

¿Cómo es posible que casi dos tercios de los musulmanes egipcios apoye la pena de muerte para quien abandone el Islam? ¿En qué medida ese estado de opinión permite o alienta la discriminación, el acoso y hasta el asesinato de los cristianos?
LA UNIVERSIDAD DE AL-AZHAR
La Universidad de Al-Azhar es la más importante centro teológico musulmán en Egipto —y en todo el Islam Sunní. Hace menos de un año, en junio de 2016, el gran imán Ahmed el-Tayeb, rector de la universidad de Al-Azhar y antiguo muftí de El Cairo, declaró públicamente: “Los imanes de las cuatro escuelas de jurisprudencia consideran la apostasía un crimen, y están de acuerdo en que el apóstata debe renunciar a su apostasía o ser ejecutado”.
El imán Ahmed el-Tayeb no es un caso aislado ni peculiar, por el contrario, es una de las grandes autoridades teológicas del mundo islámico y la prensa occidental se refiere generalmente a él como “un líder musulmán moderado”. El terrorismo de ISIS, combinado con las leyes del país, la opinión popular y las palabras de ciertos líderes religiosos, ponen a los cristianos de Egipto en una situación de discriminación extrema y de constante peligro de muerte. Es a partir de este contexto que podemos calibrar la resonancia de las palabras del papa Francisco en la Universidad de Al-Azhar y frente al gran imán Ahmed el-Tayeb:

Muchos factores —políticos, históricos, económicos— pesan sobre los terribles problemas del mundo islámico actual. No hay soluciones simples ni rápidas. Pero sería un signo de esperanza escuchar a más líderes musulmanes hablar el
lenguaje de la paz y la tolerancia. Y hay que agradecer al papa Francisco que lo dijera, con tanta lucidez y serenidad, en la misma Universidad de Al-Azhar en El Cairo.