Opinion

El rostro de la misericordia

Cuando hay un crimen, robo o asalto, la policía se apresura a hacer un “retrato hablado” del sospechoso. Los museos de historia antigua nos cuentan la historia de la humanidad de cientos de miles de años atrás, cuando no existía la fotografía, con rostros que han sido delineados a partir del análisis de restos humanos. Las madres embarazadas imaginan el rostro del pequeño que llevan en su vientre. ¡Y es que sin rostro nos sentimos perdidos!

Los sentimientos no tienen rostro y, como necesitamos verlos, dibujamos corazones, flores, caritas felices, enojadas o tristes para representarlos. Nuestro papa Francisco ha convocado el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que comienza el 8 de diciembre. ¿Cómo representar la misericordia? ¿Qué imágenes o conceptos vienen a nuestra mente cuando hablamos de ella?

El Papa nos da una respuesta específica. Nos dice en la Bula de Convocación del Jubileo que “Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre”.(1) Nuestro trabajo este año, entonces, debe ser delinear el rostro de Jesús en toda su intensidad. Para hacerlo bien tendríamos que volver a las Sagradas Escrituras, especialmente a los Evangelios. Cada domingo escuchamos de pie un pasaje uno de ellos. Este año vamos a leer mayormente a san Lucas, justamente el Evangelio que nos presenta en palabras y hechos un Jesús lleno de misericordia.

Tres de las parábolas que nos ayudarían a delinear el rostro de la misericordia del Padre, enmarcado en la figura de su hijo Jesús son las del capítulo 15 de san Lucas. “En estas parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia.” (Bula, # 9)

La primera parábola es la de la oveja perdida; la segunda es la de la mujer que pierde una moneda de las diez que tiene; y la tercera es la del hijo pródigo. Recordar a quiénes cuenta estas parábolas Jesús es clave para entender la profundidad de la misericordia de Dios. El capítulo 15, versículos 1 y 2, nos relata que “publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo” y que “los fariseos, con los maestros de la Ley, murmuraban: ‘Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos’”.

Precisamente a ellos, a los pecadores y a los que se creían buenos como los fariseos —y a nosotros, dependiendo con qué grupo nos identifiquemos—, van dedicadas estas parábolas. En la primera, la característica de la misericordia es la búsqueda. Una ovejita perdida es tan importante y tan única que vale la pena correr los riesgos que implica salir, y dejar la comodidad y seguridad que nos da el rebaño.

En la segunda, la característica es la necesidad. La mujer no puede dormir ni esperar por la luz del día para completar el tesoro que tiene. Esto nos lleva a reflexionar en la premura, en la necesidad inmediata que tiene el Dios de la misericordia de que volvamos a Él para que su tesoro esté completo.

En la tercera, la característica es el amor inmovible, que permanece, que jamás se muda. Nos habla de un Padre que ni juzga, ni reprocha; que ama incondicionalmente; de un amor que es igual para el pecador como para el que es bueno o se cree bueno. La diferencia la marcamos nosotros. Podemos ser el hijo pródigo que vuelve arrepentido; o podemos ser el hijo que se cree que por estar siempre en la Iglesia se lo merece todo, no hace espacio al otro, lo juzga y hasta se queja de no ser el preferido. Actuando así nos quedaremos en la puerta de la misericordia, y no celebraremos la fiesta de la unidad, del reencuentro, la fiesta a la que todos estamos invitados.

“Misericordiosos como el Padre” es el lema del Año Santo (Bula # 15), que se hace eco de las palabras de Jesús: “Sean misericordiosos como el Padre” (Lucas 6,36). Sólo cumpliremos con este mandato si en nuestro diario peregrinar vamos poco a poco delineando el rostro de la misericordia, el rostro de Cristo, en nuestras vidas y en las de los demás.