Opinion

Monseñor Daily: Misionero para siempre

b_daily_3DSC_0809EN LAS PRIMERAS HORAS del lunes 15 de mayo, Cristo vino a buscar a su servidor, el obispo Thomas Vose Daily, para llevarlo al lugar de amor y paz infinitos que le tenía preparado (Jn. 14: 2ss). Contaba casi 90 años y con el fallecimiento de este buen hombre, agraciado con el don del sacerdocio y el episcopado —que ejerció con tanta dedicación y fidelidad— la Iglesia militante ha perdido un pastor según el corazón de Cristo.

Durante sus más de trece años como obispo de la diócesis de Brooklyn —que también incluye el condado de Queens— tuve el privilegio de servir con él al pueblo que Dios le había confiado como canciller, vicario general y moderador de la curia diocesana. La cercanía a monseñor Daily que estos oficios eclesiásticos me ofrecían me llevó a tener un afecto y admiración muy profundos por este gran obispo. Por eso se me ha pedido que comparta unas reflexiones sobre mi experiencia de este siervo de Cristo, lo cual hago con mucho gusto, sabiendo que contribuyo sólo un grano de arena a todo lo bueno que se ha dicho de monseñor Daily—antes y después de su muerte.

La humanidad de monseñor Daily, vivida en un contexto de simplicidad de vida y humildad evangélicas, lo movía a reconocer en cada ser humano la imagen del Señor y a tratarlo como tal. Interesado siempre en la persona que tenía ante sí, se interesaba por preguntar cómo uno se sentía, cómo le iba en su vida, cómo estaban sus seres queridos. Ese sincero interés manifestaba el cariño que les tenía a todos los que encontraba en su camino —especialmente a aquellos cercanos a él. Esa humanidad sirvió como buen fundamento para recibir la gracia de la ordenación sacerdotal en el 1952, y luego episcopal en el 1975.

Al ser ordenado sacerdote, y después de unos años como vicario parroquial en Boston, el entonces “padre” Daily se ofreció para servir como misionero en Perú por más de cinco años —años que recordaba como muy felices, ya que siempre estuvo consciente que, como sacerdote, él era la presencia salvífica y amorosa de Cristo en medio de la comunidad.

daily2Al regresar a su arquidiócesis de Boston, nombrado obispo auxiliar, nunca perdió el espíritu misionero. Lo manifestó al fundar la diócesis de Palm Beach, en la Florida, en el 1984. Y al ser trasladado a nuestra diócesis de Brooklyn, mantuvo esa conciencia sacerdotal y espíritu misionero hasta el fin de su vida.

Antes de que el papa Francisco hiciera hincapié sobre la necesidad de que la Iglesia “salga a las periferias”, recuerdo cómo monseñor Daily, al terminar la Misa dominical en la Catedral-Basílica de Santiago, iba a los “proyectos” edificados por el gobierno para personas de bajos ingresos, a tocar a las puertas, e invitar a los residentes a unirse a nuestra comunidad de fe.

Muy querido y admirado por sus sacerdotes —sus cooperadores principales—, siempre nos tuvo un cariño y respeto muy especiales. No había sacerdote enfermo que él no visitara —a veces a horas tardías de la noche, después de un día lleno de actividades. Si alguno había perdido a un ser querido, ofrecía personalmente su consuelo; si habíamos tenido una mala experiencia —por ejemplo, un robo en la parroquia— nos visitaba, sin anunciarse, para escuchar con interés el relato del incidente y ofrecer su apoyo. Lo mismo hacía con todas las demás personas en lo que su tiempo le permitía.

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Dos ocasiones muy especiales que revelan la relación de este gran obispo con sus sacerdotes: en el año 2000, cuando le celebramos sus bodas de plata episcopales, en sus reflexiones muy personales nos aseguró que él “daría su vida por todos y cada uno de nosotros”. A fines de su ministerio episcopal, en el año 2002, durante la crisis en la Iglesia de los comienzos del siglo, recuerdo el sincero aplauso —de más de 10 minutos de duración— de todos sus sacerdotes y fieles en la Misa Crismal, como manifestación de cariño, admiración y apoyo hacia él.

Monseñor Daily siempre reconoció que no era él, sino Cristo a través de su persona —con sus faltas y limitaciones— quien continuaba su misión de salvación, tal como nos lo prometió el día de su ascensión: “Sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. 28: 20b).

Por su gran labor de evangelización, santificación y liderazgo, que Dios Padre lo tenga en la gloria.