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Educar en la belleza: una necesidad urgente en tiempos de feísmo

Pocos temas se discuten menos en la formación de niños y jóvenes. Y, sin embargo, pocos son tan decisivos.

La Virgen Velada (The Veiled Virgin) es una de las obras más impresionantes de la escultura en mármol del siglo XIX. El escultor milanés Giovanni Strazza logró crear la ilusión perfecta de un tejido fino, traslúcido y fluido cubriendo el rostro de María, todo moldeado a partir de un único bloque macizo de mármol de Carrara.

No se habla mucho de esto. Entre los currículos, las evaluaciones, las pantallas y las agendas repletas, la pregunta por la belleza —por la educación del gusto estético, por el cultivo de la sensibilidad— queda casi siempre en el margen, como si fuera un lujo del espíritu, algo opcional o decorativo. Y, sin embargo, vivimos en una época que ha hecho del culto a lo feo una tendencia cultural dominante. La arquitectura gris y opresiva, la música de ritmos convulsivos y frenéticos, la imagen grotesca elevada a estética: todo ello no es inocente. Tiene consecuencias reales en la persona.

Educar en la belleza no es una excentricidad pedagógica. Es una necesidad urgente. Y entender por qué exige que volvamos a los fundamentos.

La belleza como camino hacia Dios

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo bello? Es la pregunta que debemos responder antes de entender por qué la belleza importa en la educación.

Santo Tomás de Aquino nos ofrece una definición a la vez sencilla y profunda: pulchra sunt quae visa placent —bello es aquello que, visto, agrada. No se trata de una reacción meramente sensorial. El «ver» del que habla el Aquinate implica la percepción intelectual: conocer algo con la inteligencia y que ese conocimiento produzca en nosotros una resonancia afectiva, un agrado interior. La belleza, entonces, no es solo algo que entra por los ojos: es algo que la inteligencia capta y que mueve el corazón. Por eso une en nosotros dos dimensiones que suelen vivir separadas: lo que entendemos y lo que sentimos.

Ahora bien, ¿qué hace que una cosa sea bella? Santo Tomás señala tres características que debe reunir todo objeto bello. La primera es la integritas —la integridad—: la cosa debe estar completa, sin que le falte nada de lo que le corresponde. La segunda es la consonantia —la proporción—: sus partes deben guardar entre sí la debida armonía, un orden interno que hace que el conjunto sea coherente. La tercera es la claritas —la claridad o esplendor—: algo debe resplandecer en la cosa, una luz interior que la hace inteligible y atractiva ante quien la contempla.

Estas tres características tienen una consecuencia pedagógica directa. Si lo bello es lo que está completo, proporcionado y luminoso —y si esa plenitud mueve a la vez la inteligencia y el corazón—, entonces el contacto habitual con la belleza auténtica educa a la persona desde adentro. Aprender a estar en contacto con lo verdaderamente bello abre el alma al orden, a la armonía y, en última instancia, a Dios —que es la Belleza increada, la Belleza suma. Toda belleza creada no es sino un destello, un reflejo, una participación de esa Belleza primera.

Lo que le sucede a quien no cultiva el sentido estético

Si la belleza es camino hacia Dios y factor de integración interior, su ausencia —o, peor aún, su sustitución por lo feo— tiene consecuencias concretas. San Alberto Hurtado, uno de los grandes educadores de la Iglesia en el siglo XX, lo afirmó con lucidez:

«El mal gusto en la formación tendrá consecuencias fatales, como lo comprueba el arte contemporáneo… La falta de gusto formado es peligrosa. Si prefiere lo falso a lo verdadero porque es más dulce, si no posee ningún sentido de armonía y de proporción, será también inseguro en el juicio de los hombres. La formación estética es necesaria porque la exige la formación total. A lo bello corresponde un lugar tan esencial como al bien y a lo verdadero. El mundo de los valores es indisoluble.»

Y al hablar específicamente de la adolescencia, el mismo Padre Hurtado añadía que el primer medio para encauzar los afectos del joven es ponerlo en contacto con la belleza:

«Todo lo que es bello, noble y armonioso, por el simple hecho de serlo, educa. Que el hogar y la escuela, aunque pobres, sean bellos y hechos con gusto. El alma plástica del niño va modelándose en el contacto con lo bello. Lo bello es bello porque es armónico, y la armonía es el fundamento del orden moral.»

La conclusión es clara: lo feo degrada. El feísmo —la realización y el gusto por la obra fea, desagradable y repelente en sí misma— no es una opción estética neutral. Desintegra, deprime y aleja al hombre del bien y de la verdad. El cultivo de la fealdad tiene, por eso, un costo espiritual que pagamos sin darnos cuenta.

Cómo educar en la belleza: empezar por uno mismo

Aquí está el punto más importante —y el más incómodo—: antes de poder educar a los niños y a los jóvenes en la belleza, el educador debe educarse a sí mismo. No se puede dar lo que no se tiene. No se puede señalar un camino que uno mismo no ha recorrido.

¿Por dónde comenzar? La tradición pedagógica que confluye en autores como San Juan Bosco, el Padre Hurtado y el Padre Castellani señala algunas orientaciones fundamentales:

El trato frecuente con la belleza auténtica. El gusto estético se adquiere con la frecuencia, como la amistad: frecuentando los grandes modelos que la historia ha consagrado como clásicos —aquellos cuyas obras son capaces de elevar el alma de cualquier persona en cualquier época. Esto significa volver a la buena música, a la poesía verdadera, a las artes plásticas y a la arquitectura que eleva, en vez de abandonarse al ruido del momento.

Aprender a contemplar la naturaleza. El paso más natural para admirar la gran arte humana es aprender a ver la belleza que Dios ha puesto en la creación. Monseñor Tihamér Tóth lo expresó así: «Nunca podremos acercarnos con más facilidad al alma para comunicarle ideas religiosas que cuando siente la influencia de la naturaleza… Todo es arte cien veces más sublime que la obra maestra del mayor de los genios.» La contemplación de la naturaleza —el cielo, el paisaje, la forma de una flor— es la primera escuela estética.

Integrar todas las dimensiones de la personalidad. El gusto estético no es un compartimento aislado. El buen gusto en el arte va de la mano con el buen gusto en el hablar, en los modales, en las acciones. Un talento artístico sin integración moral no equilibra la personalidad: el ejemplo de Caravaggio —genio de la pintura, pero esclavo de sus vicios— es ilustrativo. Benedicto XVI lo dijo con precisión: «Una búsqueda de la belleza que fuera extraña o separada de la búsqueda humana de la verdad y de la bondad se transformaría en mero esteticismo.»

En las próximas entregas de este espacio iremos desarrollando cómo llevar todo esto a la práctica con los niños y los jóvenes: el papel de la música, la poesía, el teatro, la arquitectura y el arte en la formación integral. Por ahora, la invitación es personal: miremos el entorno que hemos creado para nosotros mismos y para los que educamos. ¿Hay en él algo bello? ¿Hay en él algo que eleve el alma?

La santidad, decía el Padre Hurtado, es la perfección total: lo verdadero, lo bello y lo bueno en uno solo. El camino hacia ella no pasa solo por la voluntad y el intelecto, sino también por los ojos, por los oídos, por la sensibilidad educada. Comencemos, entonces, por educar la nuestra.

Prof. Emanuel Martelli
Neuropsicopedagogo y terapeuta católico
Para consultas: emanuelmartelli@gmail.com