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La pedagogía del corazón según el beato Carlo Gnocchi

La educación es siempre un arte, y de los difíciles. Don Carlo Gnocchi, un gran educador, decía sin rodeos que en pedagogía no se puede improvisar, nada puede quedar librado al azar, y tenía razón. Por suerte, o mejor, por la Divina Providencia, al hablar de educación los católicos tenemos las bases sólidas de las enseñanzas de la Iglesia junto con los ejemplos y el magisterio de los santos.

Es por ello que es importantísimo que quien desea educar católicamente dé oídos a la Iglesia en sus documentos y en sus santos que marcan el camino que debe ser recorrido. Por ello quisiera presentar, brevemente, la figura del beato Carlo Gnocchi. Se lo conoce, sobre todo, por su “pedagogía del dolor inocente” y por la obra inmensa que levantó en Italia junto a los niños mutilados de guerra. Lo que se conoce menos es que dejó también varios escritos de pedagogía, en los que hay bastante para rumiar.

Nació en San Colombano al Lambro en 1902 y murió en Milán en 1956. Fue sacerdote, educador y capellán militar. Antes de la guerra se dedicó a la formación de jóvenes como padre espiritual del Instituto Gonzaga de Milán; durante la Segunda Guerra Mundial acompañó como capellán voluntario a los soldados alpinos, incluso en la trágica retirada del frente ruso. Al volver, consagró el resto de su vida a los niños huérfanos y mutilados de guerra, fundando en 1948 la obra Pro Juventute. Murió tras donar sus córneas a dos niños ciegos, y fue beatificado por Benedicto XVI en 2009.

El pensamiento pedagógico del beato Carlo Gnocchi puede presentarse en cuatro puntos de realce que traigo brevemente con algunas citas.

I. El amor, ante todo

No se educa sin amar. Es la condición que comparten, en el fondo, todos los grandes educadores cristianos, y la que debería llevarnos a examinar primero nuestro propio corazón. Un amor entendido en sentido cristiano, que no pocas veces pide renuncia y hasta cierta muerte a uno mismo por el bien del otro. Es la condición fundamental y base de la educación católica. Don Gnocchi lo dice así:

“El amor a los niños es la cualidad fundamental e indispensable para un educador. El educador no puede conocer al niño si no lo ama —el amor es la llave para penetrar el misterio de las almas—, ni puede soportar las cargas de la educación sin un gran afecto. El niño no puede permanecer largo tiempo, ni a gusto, donde comprende que no es amado.” (Andate ed insegnate, 1934)

Años después, ya ocupado en la dirección espiritual de los jóvenes, lo resume todavía mejor:

“La primera condición es mantener el contacto con los jóvenes… El segundo medio es amar mucho a los jóvenes. El amor unifica: acerca a los jóvenes a nosotros y a nosotros a los jóvenes. El amor hace videntes y tiene intuiciones que valen, en esta materia, infinitamente más que todas las especulaciones frías y ajenas de la razón.” (I giovani del nostro tempo e la direzione spirituale, 1940)

De este amor nace la verdadera autoridad, porque cuando hay amor de verdad, también se sabe mandar; sin amor, no se manda bien, por mucha autoridad formal que se tenga. Por eso Don Gnocchi habla de mandar como de un arte, sobre todo para los padres, y pide que a ese amor se sume la prudencia, tanto en la forma de mandar como en lo que se manda:

“Si queréis ser obedecidos, debéis mandar poco y mandar bien… Emplear la autoridad muy raras veces, solo en los momentos decisivos y con casi certeza de éxito, es un gran arte. Hacer lo contrario es siempre señal de debilidad… Hay que saber elegir el momento más oportuno, la forma adecuada al sujeto y a las circunstancias […], desterrar por completo los modos de cuartel y los sistemas caprichosos. […] La dulzura […] es virtud que no debe confundirse, sin embargo, con la debilidad.” (Educazione del cuore, 1937) 

II. Educar persona por persona

En segundo lugar, la educación debe ser personalizada. No hay receta que sirva para todos, ni dos chicos son iguales, aunque a veces nos convenga tratarlos como si lo fueran porque es más cómodo. Cada hijo es distinto, y así también cada alumno. Don Gnocchi vuelve sobre esto una y otra vez, y así dice: “No existe ‘el joven’, sino ‘los jóvenes’. No existe el tipo humano universal, sino que cada individuo es un caso aparte, con fenómenos propios, con desarrollos y complicaciones absolutamente originales. La naturaleza nunca se repite. Por lo tanto, no existen recetas pedagógicas de uso universal ni medicinas para todos los males… Y sin embargo, algunos colaboradores dogmáticos y superficiales tienen un método único e infalible para todos. Querrían, como el supercapitalismo, la ‘estandarización del género humano desde la cuna hasta la tumba. Que todos los hombres nacieran de la misma estatura, de modo que se pudieran fabricar cunas estandarizadas; que los niños desearan los mismos juguetes; que los hombres vistieran el mismo uniforme, que todos leyeran los mismos libros, que todos tuvieran los mismos gustos en el cine’.” (Educazione del cuore, 1937)

III. Apostar por el bien, no solo prohibir el mal

Don Gnocchi presenta, en tercer lugar, un elemento decisivo en toda verdadera educación: ella debe ser realmente positiva. Educar no es, sobre todo, prohibiciones: es mostrar el bien, y mostrarlo bien, hacer que sea deseado. Así recomendaba a los educadores: “Haced que el bien sea atractivo y aventurero al menos tanto como el mal, porque muy a menudo los jóvenes pecan porque la vida moral les parece plana, burguesa e incluso antipática, por un error de presentación de parte de los educadores.” E insiste con una verdad que debe quedar anclada en nuestro corazón: “La verdadera pedagogía del corazón no puede fijarse únicamente en una posición de defensa e inmunización contra el mal; para ser completa y duradera, debe construir positivamente y en profundidad. Uno de los objetivos hacia los que debe tender el educador es establecer las condiciones necesarias y suficientes para dar al joven el conocimiento psicológico y la estima del sexo opuesto, para que el amor se desarrolle sano y normal.” (Educazione del cuore, 1937)

Existe en muchos educadores una cierta tendencia a insistir más en lo prohibido y en lo que no debe hacerse, y casi nunca en la belleza de lo que sí se puede y se debe hacer. Olvidan estos que santo Tomás de Aquino, a quien dicen seguir, construye toda su moral sobre la práctica positiva de la virtud y no sobre la prohibición. Como testigo de ello, ahí está el tratado más largo de toda la Suma, el de las virtudes, en la Secunda Secundae. Lo que educa es el atractivo del bien. De allí que Don Gnocchi afirme: “¡Qué sombrío es el ambiente de ciertos entornos educativos! En ellos no resuenan más que alarmas, no brillan en la oscuridad más que ojos de semáforos rojos… Nada es más deprimente para el ánimo juvenil que estos apocalipsis. También porque nada es más falso. Hay que abrir de par en par las ventanas del alma al más soleado optimismo… Hay que hacer sentir a los jóvenes que los buenos no son pocos, que la virtud existe todavía, aunque esté escondida —precisamente porque está escondida—; hay que darles el sentido reconfortante de la solidaridad en el bien. ¡Ay de quien está solo! Pronto será un vencido. Sed siempre optimistas en vuestra obra de educadores.” (Educazione del cuore, 1937)

IV. No subestimar a los jóvenes

Finalmente, Don Gnocchi presenta algo que quizás sea lo más desafiante de todo: no subestimar a los jóvenes. El beato Carlo Gnocchi ve en ellos una capacidad de sacrificio enorme, casi siempre dormida porque nadie se atrevió a despertarla.

“Quizá pocos educadores conocen el alto potencial de sacrificio que a menudo permanece latente en los jóvenes. Temen exigir demasiado… No hay que pecar de mezquindad. Hay que llamar al corazón de los jóvenes con firme coraje […]. Hay que pedirlo todo por todo. Solo así se obtiene.” (Educazione del cuore, 1937)

Con los caracteres rebeldes, en particular, tiene una mirada que no esperaría uno: lejos de darlos por perdidos, los ve como el mejor material humano que existe, y por eso mismo deben ser conquistados y exigidos: “Los rebeldes presentan los casos pedagógicamente más interesantes. De las voluntades fuertes y personales siempre han surgido los grandes hombres de la historia civil y religiosa […]. Hay que procurar doblegarlos a la obediencia sin violencia: sostenerlos con mano de hierro, pero con guante de terciopelo… Disgustar a estos caracteres significa a menudo alejarlos para siempre del camino del bien.” (Andate ed insegnate, 1934)

Mano de hierro, guante de terciopelo. No conozco mejor manera de resumir lo que este sacerdote pide de un educador. Y ahí está también, me parece, la raíz de algo que Juan Pablo II llamaría después la pedagogía de la santidad: que a los jóvenes hay que proponerles, sin miedo, que se puede ser santo, y que vale la pena buscarlo.

Prof. Emanuel Martelli, Neuropsicopedagogo

emanuelmartelli@gmail.com