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La continencia no es virtud: la advertencia de San Luis Orione contra la «bondad de colegio»

Hace más de cien años, el fundador de la Pequeña Obra de la Divina Providencia señalaba uno de los errores más graves de la educación: confiar en los medios externos y tomar el buen comportamiento por virtud.

Sucede con frecuencia que niños criados en un buen ambiente, con padres cuidadosos o en un colegio donde existe, de hecho, un clima de contención, pasan años sin vicios graves ni manifestaciones externas de problemas morales. Pero, al llegar a la universidad o a una nueva escuela, lejos de ese ambiente, terminan cayendo en vicios y pecados que nadie esperaría, dada la educación recibida. Muchos educadores se sorprenden.

Esta situación preocupa hoy a muchos educadores, incluso en familias celosas y en instituciones buenas, que se proponen educar realmente de modo católico. Nace, muchas veces, de una confusión conceptual poco advertida: se mezclan continencia y virtud, es decir, no hay claridad sobre la distinción entre ambas. Es un error grave a la hora de educar, y es lo que San Luis Orione llamaba bondad de colegio, o bondad postiza.

Virtud y continencia: la distinción de Aristóteles y de Santo Tomás

Para entender el error, conviene comenzar por la distinción. En la Ética a Nicómaco, Aristóteles separa con cuidado la virtud de la continencia. Afirma que la continencia no se identifica con la virtud, pero tampoco forman un género totalmente distinto. El continente sabe que sus deseos son malos y la razón le impide seguirlos. El temperante (virtuoso), en cambio, no tiene apetitos excesivos ni malos; por eso, solo por analogía se llama «continente» al hombre temperante. Ambos evitan obrar contra la regla por causa de los placeres del cuerpo, pero el primero todavía tiene apetitos malos y el segundo no. Ya en el libro IV, Aristóteles declara que la continencia no es virtud, sino un estado mixto.

La diferencia más reveladora está en el placer. En el libro I, escribe:

«Quien no se alegra con las acciones nobles ni siquiera es bueno». (Ética a Nicómaco, I, 8, 1099a)

Y explica el porqué: nadie llamaría justo a quien no gusta de obrar con justicia, ni generoso a quien no gusta de dar. El virtuoso encuentra placer en las acciones virtuosas y no las vive como algo difícil. Los sentimientos del continente son otros: hace el bien, pero contra la inclinación, sostenido por la fuerza de voluntad.

Santo Tomás de Aquino recoge esta distinción en la Suma Teológica (II-II, q. 155, a. 1). La continencia tiene algo de la naturaleza de la virtud, en la medida en que la razón se mantiene firme frente a las pasiones, pero no alcanza la naturaleza perfecta de la virtud moral, en la cual incluso el apetito sensible está sujeto a la razón, de modo que no surgen pasiones vehementes contrarias a ella. Apoyado en el propio Filósofo, Santo Tomás llama a la continencia algo «mixto»: tiene algo de virtud y en algo le falta. En el artículo 3, precisa además que la templanza modera los deseos, mientras que la continencia se limita a resistirlos, mediante la voluntad. La virtud ordena el deseo desde dentro; la continencia lo contiene desde fuera.

Por qué la distinción es decisiva

Porque explica lo que ocurre cuando cambia el ambiente.

En la persona que ha formado la virtud, en la medida en que la ha formado, la inclinación ya apunta al bien. El deseo fue ordenado desde dentro y, por eso, no siente la vehemencia de las pasiones ni el fuerte atractivo del mal de la misma manera. La virtud, entendida tradicionalmente como una segunda naturaleza, la acompaña adonde vaya. En esta vida, es verdad, la virtud crece por grados y nunca está libre de lucha; pero, cuanto más arraigada, menos depende del contexto.

El continente es otro caso. Sus deseos desordenados siguen vivos, y quien los contiene es la voluntad, muchas veces apoyada por el ambiente. Puede pasar años sin caer, pero lo que lo protege es el contexto: la familia, el colegio, las reglas, la vigilancia. No llegó a ejercitar la elección positiva del bien, ni formó el hábito. Cuando desaparece el ambiente de contención y surgen atractivos que incitan al pecado, muchos jóvenes terminan cediendo.

Así, por ejemplo, en materia de pureza: el joven que nunca tuvo problemas con pecados de pureza mientras vivía bajo la protección de la familia y del colegio, y que cae en ellos cuando ese resguardo desaparece, como a veces puede ocurrir en la universidad. Lo mismo vale para la sobriedad. Quien siempre vivió donde la comida era escasa o medida puede parecer sobrio sin haber elegido la sobriedad; cuando llega a la abundancia, descubre apetitos que nunca había ejercitado. Y vale también para la pobreza. El seminarista o el religioso que profesa el voto de pobreza vive, de hecho, pobremente, porque así es el régimen de la casa. Pero, si nunca llegó a elegir la pobreza como un bien, amándola como la amaron Nuestro Señor y San Francisco de Asís, su pobreza es solo la del ambiente. Al salir del seminario y encontrarse, quizá como administrador, ante facilidades y recursos, puede comenzar a llenarse de cosas materiales inútiles. La pobreza estaba allí, impuesta por el contexto, pero no había sido abrazada. En todos estos ejemplos, la continencia se confunde con la virtud: faltó la elección positiva del bien, y el deseo, presente, quedó contenido, pero no ordenado.

Esto no vuelve inútil la continencia. Es un paso valioso y, en general, el punto de partida: Aristóteles la considera loable, y quien aprende a resistir ya ha avanzado; pero es insuficiente en un ambiente hostil al bien, a la verdad y a la virtud, como el del mundo moderno. Solo la elección positiva del bien, hecha hábito, puede resistirlo.

Los medios negativos: útiles, pero nunca suficientes

El error suele nacer de un desequilibrio: muchos educadores ponen el acento de la educación en la parte negativa y se contentan con crear solamente un ambiente protegido. Esto es necesario en cualquier institución, y nadie propone abolir ese apoyo: decir lo que no se debe hacer, establecer la regla, ofrecer un ambiente sin ocasiones ni peligros. Pero apoyarse solo en eso, sin enseñar a elegir positivamente el bien, deja la obra a medias.

Aristóteles enseña que la virtud se forma por el acto libre, es decir, eligiendo positivamente lo que es bueno. Según él, la virtud implica elección, y quien no practica muchos actos buenos difícilmente llega a ser bueno. Ahora bien, el niño y el joven que permanecieron todo el tiempo en un ambiente protegido muchas veces nunca se ejercitaron en elegir positivamente el bien. Fueron guardados del mal, pero no entrenados en el bien. Aristóteles define la virtud como un hábito electivo (héxis proairetiké, ἕξις προαιρετική; Ética a Nicómaco, II, 6, 1106b): es preciso querer ser virtuoso y elegirlo; querer ser justo y elegir la justicia, querer ser fuerte y elegir la fortaleza. El hábito, por tanto, no se forma por abstención, sino por acto.

De ahí la gran intuición de San Luis Orione. Escribiendo en 1922 a Don Camillo Secco y a los religiosos que iniciaban el primer colegio de la Congregación en Brasil, dice:

«Tengamos siempre presente que los medios externos, meramente mecánicos, jamás podrán sustituir el bien ni producirlo, pues el bien está constituido por la verdad y por la gracia de Dios; esos medios solo pueden predisponer los ánimos y ayudar, de algún modo, a recibir la verdad y la gracia. Una educación que pusiera toda su confianza en medios puramente negativos, externos o normativos, y descuidara los medios más directos y específicos, produciría en los jóvenes efectos áridos, cuando no funestos. A lo sumo, produciría una bondad aparente, postiza, pasajera, que podríamos llamar bondad de colegio. Y, en cuanto a la piedad, produciría un simple barniz, una caricatura de piedad, cuando no una simulación, que no llega al alma, que no transforma el corazón, porque no es sentida ni penetra el espíritu: una piedad que se esfumará rápidamente y dejará peor que antes».

Tres ideas merecen destacarse.

Los medios negativos importan. El propio texto reconoce que tienen su función: alejar las ocasiones del mal y disponer indirectamente el ánimo para el bien.

Pero no se los debe sobredimensionar. No dan el bien, solo preparan para recibirlo. El bien en sí es la verdad y la gracia de Dios. Quien deposita en ellos toda la confianza se equivoca de objeto: confunde la preparación con la obra.

El resultado del exceso es la bondad postiza. Postiza es la bondad colocada por fuera, que no creció desde dentro; pasajera, la que solo dura mientras el ambiente la sostiene. En términos aristotélicos, es continencia tomada por virtud; en términos tomistas, algo que tiene de la virtud sin alcanzar su naturaleza perfecta. Y está la advertencia más grave: la piedad de barniz «dejará peor que antes». Cuando la cáscara cae, el joven no encuentra nada debajo, y la práctica religiosa vivida como rutina vacía puede incluso blindar el corazón contra la fe verdadera.

El remedio: enseñar a elegir el bien

¿Cómo se resuelve, entonces, el problema? El ambiente de contención sigue siendo necesario, pero no basta. Es preciso, además, enseñar al niño y al joven a querer el bien: a desearlo, a ser atraídos por él y a elegirlo libremente. Esto supone darles ocasiones reales de elegir, con una libertad proporcional a la edad y acompañada, porque la virtud nace del acto libre, y no de la simple ausencia de ocasiones de mal. Don Orione lo dice con palabras muy fuertes. En 1916, escribe:

«¡Hay que educar! Y es preciso que la educación sea tenida por lo que verdaderamente es, esto es, una obra divina por excelencia, fundada en los principios y en el sentimiento religioso».

El joven necesita la propuesta entera. Para elegir el bien, no basta saber qué está prohibido. A Don Camillo Secco, Don Orione le afirma que hay una sola fuerza capaz de hacer buenos a los jóvenes: la bendición de Dios sobre el trabajo del educador y «la verdad dada en toda su extensión, en su forma natural e imperfecta y en su forma sobrenatural y perfecta, que es la gracia de Jesucristo». La propuesta completa incluye, por tanto, la verdad que la razón alcanza y la que viene de Cristo, cuya vida y ejemplo muestran el bien en plenitud. Y esa verdad no es fría: en la escuela, escribe a Cremaschi en 1939, debe ser «todo verdad lo que se enseña, aquella verdad que nutre, que no reseca el corazón, porque nunca está separada de la virtud y de la caridad». El barniz reseca; la verdad nutre.

La virtud debe ser agradable. El joven elige aquello que lo atrae. En una carta de 1921 a la Madre María Costanza Bertolotti, Don Orione describe el camino para hacer bueno al joven:

«Hacerle conocer la verdad saludable confortada por la gracia; hacerle contemplar la belleza del bien, de la bondad, de la virtud, de la verdad que conoce. Hacer que se inflame con la belleza de la virtud y de la verdad que contempla y de la que debe vivir y, en fin, lograr que obre conforme a la belleza de la virtud y de la verdad que ama».

Reparen en los verbos: contemplar, inflamarse, amar. Al joven no se lo empuja hacia el bien, lo atrae su belleza. Conocer, contemplar, amar, obrar: es el paso del esfuerzo contenido a la libre elección del bien y a la alegría de que habla Aristóteles. El bien pasa a ser querido, no solo soportado, y se hace hábito.

El joven necesita ver la virtud, y ante todo en el educador. En la misma carta, Don Orione escribe: «Conviene que la virtud resplandezca en nosotros y que se muestre amable y digna de ser seguida». Cuando el niño y el joven encuentran la virtud encarnada, deja de ser teoría o exigencia y se vuelve apetecible: es deseada y, por fin, elegida.

Si la virtud se vuelve apetecible cuando el joven la ve encarnada, el educador es el medio principal de la educación. Don Orione vuelve a ello con insistencia, y con una exigencia que desarma cualquier comodidad: «Por tanto, no basta que los educadores tengan virtud y espíritu de Cristo para su consumo personal; es preciso que en su lámpara tengan aceite suficiente para ellos y para sus alumnos, a fin de poder iluminarlos y guiarlos, infundirles moralidad y religión. Para eso no basta una clase o media hora semanal, como para otras materias: esto debe constituir la preocupación de todas las horas del año escolar, de toda nuestra tarea, de nuestra vida».

La imagen del aceite remite a la parábola de las diez vírgenes (Mt 25,1-13). El educador necesita una reserva que sobre para los demás, y la formación moral no cabe en una hora de clase: ocupa todas las horas del día.

¿Y qué debe el joven poder ver en los maestros? Don Orione responde con concreción:

«Que los alumnos vean en nosotros intenso empeño por su verdadero bien, por un futuro mejor para ellos; que vean que somos puntuales, y aprenderán a serlo; que vean en nosotros diligencia, amabilidad, mucha educación, seriedad (nada de ligerezas), actividad solícita, junto con dulzura; eficacia, trabajo; que vean que estudiamos, y estudiarán».

Y añade, con la misma sencillez: «Si ven que ustedes son religiosos y piadosos, ¡cuánto aprenderán a serlo ellos! Si el profesor no se hace esperar, ¡da ejemplo de precisa diligencia a sus alumnos! Si ven que prepara las clases, que está siempre preparado, ¡ellos, a su vez, no perderán el tiempo!».

Conviene advertir lo que está en juego en esta insistencia. Si la continencia se sostiene desde fuera y la virtud se forma desde dentro, el joven solo llegará a la segunda si ve ante sí a alguien para quien el bien no es un peso soportado, sino una alegría vivida. Nadie se inflama por la belleza de una virtud que conoce solo como prohibición o como esfuerzo sombrío. El educador que cumple el deber a regañadientes y exige con amargura lo que él mismo vive de mala gana transmite, sin querer, la idea de que la vida buena es una carga, y el joven aprende a cargarla mientras alguien lo observa. El educador que vive con rectitud y con alegría muestra lo que Aristóteles describía: el virtuoso encuentra placer en las acciones virtuosas. El ejemplo, en Orione, no es la perfección sin fallas del maestro, sino la visibilidad de un bien amado.

De ahí la pregunta central, que él mismo responde: «¿Quién constituye, crea, la escuela? ¡El maestro! ¿Quién forma a los alumnos? ¡El ejemplo del maestro! ¿De quién dependen los resultados de la escuela? En gran medida del maestro».

Don Orione lo resume todo en un grito: «¡Ejemplo, ejemplo, ejemplo! Los jóvenes, más que razonar, hacen e imitan lo que ven hacer».

Este ejemplo, sin embargo, no se reduce al comportamiento: alcanza también al afecto. En 1920, a Carlo Pensa, Don Orione le pide que tome en sus manos el corazón de los jóvenes para llevarlo a Dios, y advierte: «¡ay si lo guardaran para ustedes!». Padres y maestros que exigen una bondad que no viven enseñan, sin querer, la lección del fingimiento; los que la viven la vuelven deseable.

Conclusión

Don Orione no se limitó a diagnosticar el mal: propuso una reacción. Al hablar del sistema de educar que debía formar su familia religiosa, escribió:

«Nosotros debemos tener y formar un sistema todo nuestro de educar, un sistema que complete todo lo bueno que ya tenemos en los sistemas de educación antiguos y también en los modernos, un sistema que reaccione contra la educación cristiana dada en agua de rosas, de apariencia más que de sustancia, de fórmulas más que de vida. Nosotros queremos y debemos educar profundamente el alma y católicamente la vida, sin equívocos: educar para una vida católica no superficial, es decir, de nombre y no de hecho, sino para una vida católica práctica, que tenga base en los sacramentos, vida de unión con Dios, de oración y de piedad verdadera, vivida e inflamada de virtud».

Cada expresión responde a lo que hemos visto. La educación «en agua de rosas», de apariencia y de fórmulas, es la bondad de colegio. Educar «profundamente el alma» es apuntar al interior, y no solo a la conducta visible. Una vida «de nombre y no de hecho» es el barniz de piedad. Y la vida que tiene «base en los sacramentos», de oración y de piedad verdadera, «inflamada de virtud», es la que busca la verdad y la gracia, y no solo los medios que preparan para recibirlas.

La bondad de colegio puede rendir años de aplausos, pero no resiste cuando el ambiente cambia. Los medios externos tienen su lugar: preparan, protegen, disponen. Pero solo la verdad y la gracia dan el bien, y solo el bien conocido, contemplado, elegido y amado se vuelve segunda naturaleza. Es una exigencia más lenta y más costosa que administrar comportamientos, y es la única que forma, en palabras del fundador, «hombres enteros».