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Consejos de San Alberto Hurtado para educar adolecentes (II)

En la columna anterior recogíamos los dos primeros consejos que el padre Hurtado ofrece para formar adolescentes con vida interior y caracter: enseñarles a esperar, contra la tiranía de lo inmediato, y cuidar con esmero lo que entra por sus sentidos (lecturas, pantallas, contenidos), porque “el hombre será en último término lo que sean sus sensaciones”. Restan tres remedios más, no menos urgentes en el siglo de la conexión permanente. Los presentamos hoy, intentando traducir su pedagogía a la situación concreta del adolescente contemporáneo.

Tercer consejo: enseñarles a meditar

Complemento necesario de la lectura es, para el padre Hurtado, la meditación. Y conviene comenzar precisando qué entiende él por esta palabra, porque hoy ha quedado contaminada por usos terapéuticos o pseudoespirituales que la vacían de contenido. Para el santo chileno, meditar es un acto profundamente intelectual y volitivo:

“El repensar una verdad, el mirarla bajo todos sus aspectos, el ejercitar en ella armónicamente todas las facultades de nuestra alma: la memoria recordando, la inteligencia discurriendo, la voluntad afectándose a propósito de los hechos fundamentales de la vida”.

Memoria, inteligencia y voluntad ejercitándose juntas sobre una verdad. Nada más opuesto al consumo distraído de información que caracteriza la mente adolescente actual. El padre Hurtado enumera los temas sobre los que el joven debería “pensar una y muchas veces”: “el sentido de mi vida, el origen de mi ser, el fin de mis actividades, mi responsabilidad social, el concepto de deber, de felicidad”, sin excluir hechos personales o públicos que merezcan reflexión.

La aplicación pastoral es directa. El adolescente de hoy ve mucho, pero piensa muy poco. Acumula impresiones, no convicciones. Ve cuarenta videos de cuarenta segundos y no es capaz de detenerse veinte minutos en una sola verdad para mirarla “bajo todos sus aspectos”. Por eso el padre Hurtado afirma con sencillez programática: “Un rato de meditación debiera formar parte del programa de todo joven cristiano”. Programa, esto es: hábito incorporado, hora fija, materia decidida. No improvisación piadosa.

El santo recomienda especialmente la meditación de la Sagrada Escritura, sobre todo del Nuevo Testamento, no por motivos meramente devocionales sino por una razón teológica precisa: porque allí “no sólo tiene el mérito de un libro humanamente el más apreciable, sino por la virtud directa que Dios comunica a la palabra inspirada”. Y enseguida promete un fruto que conviene escuchar despacio:

“El joven que alimentara su alma cada día con la palabra de Dios transformaría muy pronto su alma, adquiriría una seriedad de la vida, una seguridad en sus resoluciones, una orientación que lo haría superior a los vaivenes de las atracciones del momento”.

“Superior a los vaivenes de las atracciones del momento”. He aquí, formulado con un siglo de anticipación, el perfil exacto del adolescente que la cultura digital está incapacitada para producir, y que la pastoral juvenil debe proponerse formar: un joven cuya identidad no fluctúa con el algoritmo. La meditación cotidiana de la Palabra es el medio que el padre Hurtado prescribe para ese fin.

Cuarto consejo: retiros y círculos de estudio

El cuarto remedio recoge la herencia ignaciana del padre Hurtado y la concreta en dos dispositivos formativos que la pastoral contemporánea ha descuidado: los Ejercicios Espirituales y los círculos de estudio. De los primeros, el santo dice con palabras que merecen citarse enteras:

“Los ejercicios espirituales de San Ignacio son una escuela inmejorable de vida interior, una fragua que ha forjado hombres conscientes, reflexivos, de carácter”.

Una fragua. La imagen no es decorativa. Se trata de someter el alma adolescente al fuego del silencio y de la verdad, durante varios días, hasta que su carácter quede templado. El padre Hurtado reconoce que la forma íntegra de treinta días sólo es posible en la vida religiosa, pero propone, sin rebajas, la versión adaptada de “tres, cinco, ocho días de aislamiento”, donde el joven “a solas con su conciencia, ayudado por un director espiritual, encara los problemas fundamentales de la vida”: el sentido de su condición de cristiano, el origen y fin de su existencia, los medios para realizarlo, los obstáculos que lo impiden y “las fuentes de energía latentes en su ser” que aún no ha explotado.

Conviene subrayar lo contracultural de esta propuesta. La pastoral juvenil reciente ha tendido a privilegiar los encuentros masivos, ruidosos, animados con música y dinámicas. El padre Hurtado, en cambio, propone exactamente lo contrario: pequeños grupos, silencio prolongado, dirección espiritual personalizada. Y resume el principio ignaciano con una frase que es, en sí misma, un manifiesto pedagógico contra la cultura de las pantallas:

“No el mucho saber harta y satisface el ánima, pero el gustar de las cosas internamente” (EE nº 2).

Junto a los Ejercicios, el padre Hurtado recomienda los círculos de estudio: grupos reducidos —“no más de quince”— donde uno expone, los demás discuten, y un asesor orienta sin sustituir el esfuerzo personal. La regla metodológica que él enuncia debería estar enmarcada en toda sala de formación pastoral:

“Es parte esencial del método la búsqueda personal de la solución, no la recepción de una solución ofrecida por una autoridad docente”.

Aquí el padre Hurtado se aparta de toda pedagogía meramente expositiva o adoctrinadora. El adolescente, para formar conciencia, necesita buscar. Y concluye con un juicio que vale tanto para la catequesis como para la educación católica en general: “Fácil es de ver qué ayuda tan poderosa a la formación de la conciencia no recibirán los adolescentes, al verse obligados a buscar personalmente las soluciones a los problemas, al barajar las falsas respuestas y completar y criticar las que parezcan más acertadas”.

Quinto consejo: procurar el silencio

Ninguno de los remedios anteriores —ni la lectura serena, ni la meditación, ni los retiros, ni los círculos de estudio— puede dar fruto si falta una condición material previa, sobre la que el padre Hurtado insiste con energía:

“Todo este programa de vida interior, de pensamiento reflejo y organizado exige, para ser realizado por el adolescente, un ambiente de silencio, de paz, de quietud que la vida moderna no ofrece”.

La descripción que hace del hogar moderno asombra por su literalidad profética. Lamenta el santo que las casas amplias antiguas, con grandes patios, hayan cedido el lugar a departamentos donde “todo es ruido, movimiento”, y donde “la radio, el teléfono, el ruido de la calle y de los vecinos están crispando los nervios e impidiendo todo trabajo serio de la inteligencia”. La consecuencia es inevitable: “Los niños se aburren y los adolescentes no encuentran campo donde expansionarse y se acostumbran a vivir en la calle, a refugiarse en el biógrafo”.

Léase esta página con la sustitución obvia. Donde el padre Hurtado escribe “radio”, póngase notificaciones; donde escribe “teléfono”, póngase el grupo de WhatsApp incesante; donde escribe “biógrafo”, póngase el videojuego en línea, el TikTok, la serie. La estructura del fenómeno es idéntica, sólo que multiplicada por cien: el hogar contemporáneo es objetivamente más ruidoso y más invasivo que cualquier departamento céntrico de los años treinta. Y, sin embargo, el santo va aún más al fondo:

“No es sólo el silencio exterior el que hay que procurar, sino sobre todo el silencio interior, apartando del adolescente el abuso en el empleo de la radio, el biógrafo, la prensa, las novelas, el ir y venir por las calles, que impiden la paz interior y vienen a perturbar la fantasía”.

Esto, en lenguaje pastoral de hoy, se traduce sin rodeos: poner límites firmes al consumo digital del adolescente. No por moralismo, sino por estricta necesidad antropológica. El padre Hurtado lo formula como un principio de proporción inversa: “En el empleo de estos medios, mientras mayor moderación empleemos respecto a la niñez y adolescencia, más cerca estaremos de tener éxito, más posibilidades les daremos de tener la concentración necesaria a toda formación profunda”.

A los padres, esto les pide algo concreto: horarios sin pantalla, dormitorios sin dispositivos, espacios y tiempos de silencio compartido en familia. A los educadores y agentes pastorales, les pide diseñar contextos formativos donde el silencio no sea castigo sino atmósfera. Y a todos nos pide, sobre todo, asumir que el silencio no es una preferencia estética del adulto: es la condición material sin la cual no hay vida interior posible en un adolescente.

Para concluir: la catedral interior

Cinco consejos, entonces, dejó escritos el padre Hurtado para quien quisiera tomarse en serio la formación de la adolescencia: enseñarles a esperar, cuidar lo que entra por sus sentidos, ejercitarlos en la meditación, llevarlos al silencio prolongado de los retiros y los círculos de estudio, y procurarles el ambiente de quietud sin el cual nada de lo anterior es posible. Ninguno de los cinco es opcional. Y los cinco resultan, casi un siglo después, más urgentes que en el momento en que fueron escritos.

El santo chileno cerraba esta enseñanza con la conocida anécdota que Péguy refería de tres albañiles. Al primero le preguntaron qué hacía y contestó: “Acarreo piedras”. El segundo dijo: “Trabajo para ganar mi vida”. El tercero respondió: “Construyo una catedral”. Y comentaba el padre Hurtado:

“Sólo este último había encontrado el sentido plenario de su trabajo, lo había integrado en una síntesis plenamente humana que le daba todo su valor. A los otros dos faltaba conciencia de la grandeza de su misión, no habían escapado al inmediatismo del motivo”.

El educador, el padre, la madre, el sacerdote que aplique con paciencia estos cinco remedios estará haciendo, en sus adolescentes, esa catedral interior cuya ausencia es hoy la herida más profunda de la juventud. No es una empresa fácil, pero el santo nos dejó también, como último encargo, una palabra de aliento: “Jóvenes con esta visión amplia, consciente de la vida son los que necesitamos. Y no hay que desmayar en la empresa que es posible, que puede realizarse en este siglo de desequilibrio”.

No desmayemos.

Prof. Emanuel Martelli- Neuropsicopedagogo

emanuelmartelli@gmail.com