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Consejos de San Alberto Hurtado para educar adolescentes (Parte I)

San Alberto Hurtado Cruchaga, S.J. (1901–1952). Sacerdote jesuita chileno. Abogado, doctor en pedagogía, escritor y predicador incansable. Fundó el Hogar de Cristo para acoger a los sin techo. Defensor de los obreros, los niños abandonados y los más pobres. Recordado por su sonrisa, su humildad y su célebre frase: “Contento, Señor, contento.” Canonizado por Benedicto XVI el 23 de octubre de 2005. Patrono de los pobres y de los trabajadores sociales de Chile.

Una de las características más marcantes de la vida moderna es sin duda su agitación. Jacques Leclerq afirmaba con razón que “nuestro siglo se gloría de ser el siglo de la vida intensa, mientras en realidad esta intensidad de vida no es sino vida agitada. El símbolo de nuestro siglo es la carrera. Sus más bellos descubrimientos no son descubrimientos de sabiduría, sino descubrimientos de velocidad”.

Esta agitación febril y ruidosa que parece contaminarlo todo, vida profesional, escolar y familiar, sin duda afecta de forma particular a los jóvenes y adolescentes. Quien acompaña adolescentes —en la familia, en el aula, en la parroquia, en el movimiento juvenil— sabe por experiencia directa que el joven de hoy vive en estado de agitación continua, invitado de manera permanente por una multitud de estímulos a salir de sí mismo, a vivir literalmente volcado para fuera de sí: en la pantalla, en el grupo, en el estímulo siguiente, en la notificación que aún no ha llegado pero que se espera.

Esta incapacidad para el silencio, para detenerse y pensar sobre sí mismo y sobre su futuro, no es un detalle psicológico menor. Compromete la formación y consolidación de una personalidad solida ye estable. Incapaz de interioridad, el adolescente llega a la edad adulta con una identidad frágil, dependiente del estímulo externo, incapaz de sostener un propósito sin el sostén constante del ambiente.

Las consecuencias se prolongan luego en la vida adulta con una nitidez previsible. En la futura vida familiar: el joven que no ha aprendido a habitar el silencio difícilmente sabrá habitar la convivencia conyugal, que exige paciencia, escucha, capacidad de permanecer; difícilmente sabrá tampoco educar hijos, tarea que reclama precisamente aquello de lo que él fue privado. En la vida profesional: la dispersión cultivada durante la adolescencia se traduce, años después, en incapacidad para el trabajo concentrado, para el esfuerzo sostenido, para la deliberación reposada que toda decisión seria requiere. Y todo esto, sin entrar todavía en las consecuencias espirituales —las más graves—, pues una vida interior atrofiada es, en último término, una vida cerrada a la trascendencia y al sentido último de la existencia, que solo se encuentra en el silencio.

San Alberto Hurtado, gran conocedor del alma juvenil, en los años treinta, ya advertía sobre esta agitación y proponía un remedio que lejos de haber perdido actualidad, hoy más que nunca, los educadores de la juventud deben poner en práctica.

 “La vida interior es un elemento precioso para escapar al desmembramiento, al inmediatismo, a la inconsciencia de la vida moderna. La vida interior —no tomamos este término en su sentido ascético, sino pedagógico— supone la calma, la concentración, el detenerse. La vida interior nos permite escapar a la cadena de casos particulares y detenernos a ver el conjunto, criticar los datos percibidos, escapar a la influencia de lo inmediato. Se sitúa uno fuera de la vida exterior, en la vida de dentro. La vida exterior debiera ser la prolongación de un ideal concebido en la vida interior. Pero moverse sin sentido no es obrar, es agitarse. El que habla agitado no transmite mensaje”.

Veamos resumidamente la propuesta educativa de este gran santo educador de la juventud como remedio al mal moderno de la juventud en 5 puntos.

Primer remedio: educar en la espera

La primera medicina que prescribe san Alberto Hurtado se condensa en un verbo que la sensibilidad contemporánea ha vuelto casi ininteligible para el adolescente: esperar. Frente a la carrera, frente al desplazamiento incesante del scroll, frente a la lógica de la gratificación inmediata, el santo recordaba que “el más fecundo empleo del tiempo es el que se emplea, en silencio y tranquilidad, en adquirir conciencia de sí mismo y de las grandes realidades del universo”.

San Alberto lo ilustraba con una imagen tomada de la Escritura: Moisés asciende al Sinaí y aguarda durante siete días antes de oír la voz del Señor: “¿Qué hacía Moisés en lo alto de la montaña? Nada. Esperaba. ¿No tenía nada que hacer? ¡Vaya que tenía qué hacer! Como nos lo cuenta el Éxodo, apenas se alejó él comenzaron los judíos a batirse. Moisés, sin embargo, permanece en la montaña. Perdía su tiempo, diríamos en lenguaje moderno. Se queda porque espera. Al séptimo día recibe.¡Ah! Los jóvenes modernos inmediatistas al cabo de media hora se habrían aburrido, habrían vuelto al valle. ¡Tienen tanto que hacer! Habrían bajado vacíos, sin mensaje, a moverse, a agitarse en mil ocupaciones que no llenan su ser”.

El educador cristiano —ya sea padre, madre, profesor o catequista— debe asumir como tarea prioritaria lo que el padre Hurtado proponía como presupuesto de toda formación: la calma, la concentración, el detenerse. Es necesario educar en esto. Los jóvenes de hoy tienden demasiado a la disipación y necesitan ser educados, guiados para el silencio y la espera, inculcando de forma positiva que “la vida exterior debiera ser la prolongación de un ideal concebido en la vida interior. Pero moverse sin sentido no es obrar, es agitarse.”

Segundo remedio: La lectura, cuidar lo que entra en el alma

El segundo remedio se refería a una lectura seleccionada y dirigida. La fundamentación antropológica que lo sostiene, no obstante, conserva intacta su valor para el conjunto del consumo cultural contemporáneo del adolescente: “La más científica psicología nos lleva a la conclusión que el hombre será en último término lo que sean sus sensaciones: imágenes internas y externas adquiridas por la lectura, la radio, el biógrafo (cine), los espectáculos callejeros y domésticos.”

Sustitúyanse “cine” y “radio” por TikTok, YouTube, Instagram y videojuegos, y el principio permanece idéntico: el adolescente llegará a ser, en buena medida, lo que entre por sus sentidos durante estos años decisivos.

La amonestación más severa es la siguiente: «Habrá que alejar decididamente de manos de nuestros adolescentes todos aquellos libros que puedan trastornar su ideología, inculcarles una filosofía falsa de la vida, que no pueden ahora ellos discernir». Y propone que cada joven tenga ante sí «como un plano del camino intelectual que va a recorrer»: una hoja de ruta, en lugar de la lectura «a tontas y a locas» que «desorienta profundamente el espíritu».

“No podremos nunca insistir bastante en la importancia de seleccionar las lecturas del niño y del adolescente. La más científica psicología nos lleva a la conclusión de que el hombre será en último término lo que sean sus sensaciones: imágenes internas y externas adquiridas por la lectura, la radio, el biógrafo, los espectáculos callejeros y domésticos. El adagio antiguo Nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu [nada hay en el intelecto que antes no haya estado en los sentidos] guarda aún hoy todo su valor. El primer elemento de nuestra vida psíquica es la sensación: lo que perciben nuestros sentidos. Este elemento sensorial es el que ofrece el material a nuestra facultad espiritual para que, mediante la abstracción, se transforme en la idea espiritual, general, en los principios que han de regir su vida. Si las sensaciones son deletéreas —es decir, venenosas—, toda la vida superior se resentirá, ya que el efecto de esas sensaciones no desaparece.”

De aquí se sigue una tarea urgente para padres y educadores: supervisar con atención las lecturas y los contenidos que el adolescente consume. Es necesario trazarle esa hoja de ruta —indicarle qué leer para formar criterio, qué ver, qué escuchar— y, del mismo modo, acompañar y supervisar el uso que hace del teléfono móvil. No se trata de injerencia ni de desconfianza: es la condición misma para que el joven llegue a formar un verdadero criterio propio, y constituye hoy una de las tareas más decisivas de la educación. Como dice el P. Hurtado: “La lectura ha de ser graduada para que forme hombres conscientes y no diletantes [es decir, aficionados]. Graduada, dirigida y prevista. Todo joven debiera tener ante sí como un plano del camino intelectual que va a recorrer, dispuesto, claro está, a todas las modificaciones que las circunstancias vayan exigiendo. En ese plan han de figurar las obras fundamentales de filosofía, cultura religiosa, literatura, sociología, etc., que sean necesarias para el desenvolvimiento de su espíritu, a fin de que, cuando le ocurra leer, no caiga en la tentación de leer el primer panfleto que venga a sus manos. Esa lectura a tontas y a locas desorienta profundamente el espíritu”. Cuanto más podría afirmarse esto de aquello que entra en el corazón del joven por la pantalla. Esta vigilancia y guía es absolutamente necesaria en nuestros días.

….continuará