Opinión

De nuevo abriendo horizontes

Hace algo más de 500 años, la Iglesia se veía sumida en una serie de escándalos, rupturas y pesimismos. La crisis económica que supuso la caída del Imperio Romano de Oriente en 1453 provocó una búsqueda de nuevas rutas, de nuevos mundos, de nuevos centros de poder. Un navegante aventurero, de origen desconocido y planes siniestros, se topó con unas islas, un territorio ignoto, un futuro nuevo para la cansada Europa, la corrupta Iglesia. A ese mundo mágico y desconocido posteriormente se le conocerá con el nombre de América.

A pesar de discordias, escándalos y rupturas, había en la comunidad eclesial que vivía y caminaba en Europa un deseo profundo y serio de reforma. Volver al Evangelio, a su sencillez, a su pobreza, a su cercanía a los pobres e incultos. Y el descubrimiento de nuevas tierras fue la ocasión de crear una nueva Iglesia, una nueva comunidad de creyentes. El encuentro de dos mundos hizo nacer esa iglesia sencilla, pobre, misionera. Se forjó un modelo misionero que se extendió por todo el mundo. Se abrieron nuevos horizontes a la evangelización.

Mucho antes, hace casi un milenio, en 1054 un diálogo de sordos entre Roma y Constantinopla llevó a Miguel Cerulario y al papa León IX a consumar la gran ruptura de la Iglesia. Desde entonces todo ha sido un caminar de espaldas y llenos de rencores, envidias y zancadillas. Cuando en 1453 el Islam arrasó Constantinopla, cambiando incluso el nombre de la ciudad a Estambul, la segunda Roma —como se le conocía— quedó arrasada. Moscú acogió el Patriarcado de Oriente. Se convirtió en “la tercera Roma”. Los odios, desprecios e ignorancias no desaparecieron sino más bien se acrecentaron. El diálogo fue imposible.

Y “vino un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan”… quien ocupó brevemente la sede de Pedro en Roma. Venía de un largo caminar por las tierras de la Ortodoxia. Había aprendido a amar el cristianismo sencillo, limpio y místico que rompió con Occidente hacía demasiados años. Y, guiado por el Espíritu, convocó a toda la Cristiandad para que, juntos, buscara el camino que lleva a la Unidad. Inició un andar jalonado de encuentros.

Su sucesor, Pablo VI, se reunió con Atenágoras, patriarca de Constantinopla y antiguo párroco en Nueva York. Juan Pablo II, el santo, se acercó a Atenas y rezó en Jerusalén buscando la unidad. Bartolomé, el actual Patriarca de Constantinopla, volvió a Jerusalén para encontrarse con Francisco. La primera y segunda Roma rompieron la frialdad de la ignorancia, el hielo del desprecio. Pero faltaba el encuentro con la tercera Roma. Se intentó infructuosamente varias veces. Nunca se había dado. Hasta ahora.

La primera evangelización del continente americano comenzó en el Caribe. Supuso un cambio total y revolucionario en la creación de la nueva Iglesia, Su gran aporte desde la inculturación del evangelio a la creación de una nueva cristiandad se extendió por doquier.

Estamos viviendo un cambio de época, un nuevo mundo está naciendo. Y también una nueva Iglesia, esa Iglesia para la cual “nada humano le es ajeno”. Y habrá que marcar en los calendarios la fecha del 12 de febrero de 2016 como la fecha en que se inició el camino de una nueva cristiandad, la que, respetando las identidades culturales y religiosas de sus miembros, vuelve a ser una en el anuncio del evangelio, en la defensa de la vida, de la familia y de la dignidad humana.

Francisco, el Papa de Roma, se encontró fugazmente en un aeropuerto con Cirilo, el Patriarca de Moscú. Ambos vinieron al Caribe donde comenzó la primera evangelización del Nuevo Mundo. Desde el Caribe ha comenzado la nueva evangelización, la que nos va a mostrar el rostro de Cristo que nos invita a construir un mundo mejor del recibido de nuestros mayores.