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Divorcio: efectos a largo plazo en niños y adolescentes

Durante décadas se repitió una idea tranquilizadora: que, tras la separación, “con el tiempo todo vuelve a la normalidad” y que los hijos, de algún modo, “se acomodan”. Pero la investigación longitudinal de Judith S. Wallerstein —una de las más extensas y clínicas realizadas sobre el tema— obligó a replantear esa narrativa. Sus hallazgos no describen el divorcio como un episodio breve que se supera y queda atrás, sino como una experiencia que puede reconfigurar el mundo interior del hijo y proyectar sus efectos a lo largo de los años, con una particular intensidad cuando la persona llega a la adultez y debe enfrentar la tarea de amar, confiar y construir un hogar estable.

Wallerstein y su equipo siguieron a 131 niños (de 3 a 18 años al momento de la separación) pertenecientes a 60 familias que se divorciaron en California a comienzos de los años setenta, y los acompañaron durante un cuarto de siglo, hasta que esos niños se convirtieron en adultos de entre 28 y 43 años. La investigación no se basó únicamente en cuestionarios breves. Se apoyó en entrevistas clínicas extensas, repetidas en distintos momentos del desarrollo, capaces de captar matices emocionales, decisiones de vida y temores profundos que muchas veces no aparecen en “checklists” de síntomas. Para los más pequeños, el método incluyó sesiones en una sala de juego con materiales que permitían expresar lo que no podían decir con palabras: casas de muñecas, títeres, dibujos, escenas imaginadas. También se entrevistó a docentes, y con el paso de los años se reconstruyeron relatos personales y familiares con un nivel de detalle inusual para una investigación de largo plazo.

Un elemento crucial apareció al final del seguimiento: se incorporó un grupo de comparación de adultos de la misma comunidad que habían crecido en familias intactas, lo cual permitió observar con más nitidez la distancia entre ambas experiencias de crianza. El contraste no fue presentado como una condena moral simplista, sino como una constatación clínica: crecer en una familia que permanece unida —aun con dificultades— tiende a ofrecer un “marco” formativo distinto, especialmente cuando llega el momento de tomar decisiones decisivas sobre amor, sexualidad, compromiso, matrimonio y paternidad.

Infancia: la sorpresa, el desorden y una conclusión que queda grabada

En los primeros meses y años posteriores a la ruptura, el estudio describe un cambio de vida “casi de la noche a la mañana”. No se altera solamente la convivencia: cambian rutinas, casas, reglas, tiempos, escuelas, amistades, economía familiar y disponibilidad emocional de los adultos. Wallerstein observó algo repetido en distintas edades: justamente cuando el niño necesita contención para entender qué pasó, suele encontrarse con una parentalidad disminuida, porque los padres están absorbidos por su propio dolor, el estrés legal y la reorganización de la vida.

Aquí aparece una de las frases más duras que recorre la investigación: muchos niños llegan a una conclusión que los aterra y que luego reaparece en la adultez: “las relaciones personales no son confiables”. No se trata de un pensamiento abstracto, sino de una “lección emocional” aprendida por experiencia: si el vínculo más íntimo —el de papá y mamá— se rompe, entonces cualquier vínculo podría romperse. Esa idea queda como un fondo de inseguridad que, con el tiempo, se vuelve un filtro para interpretar el mundo.

El estudio también señala que la vida posdivorcio rara vez es “lineal”: dos tercios de los participantes vivieron nuevas convivencias, nuevos vínculos, segundas y terceras uniones, y también nuevas rupturas. En menos de un 10% de los casos, los hijos sintieron que una segunda unión estable los incluía plenamente y les devolvía una experiencia familiar consistente. Esa inestabilidad sucesiva no siempre hace ruido en la infancia; a veces se vuelve un peso más evidente con los años.

Adolescencia: menos protección, más riesgo, y heridas que buscan anestesia

Cuando esos niños llegaron a la adolescencia, el estudio registró un patrón preocupante: menos supervisión, reglas más débiles o inconsistentes, y mayor probabilidad de conductas de “acting out”. En muchos hogares no había horarios claros, o una sanción en una casa no se sostenía en la otra. Esto no significa que todos los adolescentes “se pierdan”, pero sí que el período —ya de por sí turbulento— se vuelve más vulnerable cuando falta una unidad educativa.

En el caso de muchas chicas adolescentes, la investigación describe una búsqueda intensa de afecto masculino, no tanto por el acto en sí, sino por el deseo de sentirse queridas, elegidas, “abrazadas”. En paralelo, se observó uso más temprano y más pesado de alcohol y drogas en comparación con pares de familias intactas. El dato se presenta con sobriedad clínica: no como un estigma, sino como un signo de fragilidad afectiva y de necesidad de contención en una etapa en la que el corazón busca pertenencia.

Y hay un elemento silencioso que, según Wallerstein, marca a muchos: la adultización precoz. Varios hijos mayores asumieron responsabilidades domésticas y emocionales: cuidaron hermanos, sostuvieron a un padre o madre abatido, y aprendieron a “ser fuertes” demasiado pronto. Años más tarde, muchos describieron esa etapa con una frase tajante: “el día que se divorciaron fue el día que terminó mi infancia”.

Adultez: el “efecto adormecido” y el miedo a amar

La conclusión más “inesperada” del estudio apareció cuando los participantes llegaron a la adultez. Contra el supuesto de que el divorcio es una crisis aguda que luego se supera, Wallerstein mostró un fenómeno tardío: al llegar la hora de construir una vida amorosa estable, muchos quedaron asaltados por el temor. El hallazgo central se formula con claridad: el divorcio parental impacta negativamente la capacidad de amar y ser amado dentro de una relación duradera y comprometida.

Muchos adultos reportaron pánico ante el conflicto: cualquier discusión parecía el comienzo del final. Otros describieron una sensación persistente de que la felicidad “no dura”, lo que Wallerstein llama el “miedo de que caiga el segundo zapato”: acostarse contento y despertarse temiendo que lo amado ya no esté. Ese temor, dicen, crece precisamente cuando hay más amor, porque el amor los hace sentir más expuestos a la pérdida.

Hay además una dimensión educativa concreta, con consecuencias reales: el acceso y la continuidad en los estudios. En el seguimiento, sólo 30% de los hijos de divorcio recibió apoyo financiero total o parcial consistente para educación superior, frente a 90% del grupo de comparación. Y el resultado final fue una brecha fuerte: alrededor de 57% alcanzó el título universitario frente a 90% en el grupo de familias intactas. La frase de un joven resume la experiencia con crudeza: “Yo pagué por el divorcio de mis padres”.

En el plano afectivo, la investigación observó diferencias también en estilos de respuesta: un número significativo de varones tendió a evitar relaciones o a retirarse; en muchas mujeres apareció el movimiento contrario: entrar en relaciones de forma impulsiva, a veces con hombres problemáticos, como si el amor debiera “asegurarse” antes de que desaparezca. Lo trágico es que, en ambos casos, la raíz era la misma: miedo a repetir la historia familiar.

Al comparar resultados, el estudio registró que, hacia el final del seguimiento, el 40% de los hijos de divorciados que se casaron se divorció, mientras que en el grupo de comparación la cifra fue mucho menor (alrededor de 9%). No se trata de determinismo —muchos lograron relaciones estables y satisfactorias—, pero sí de un riesgo aumentado que merece atención.

Una lectura pastoral: la estabilidad conyugal como bien de los hijos

La enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio —uno con una para siempre— no es una consigna romántica ni una exigencia “idealista” desconectada de la vida real. Es, en su núcleo, una defensa del más débil: el hijo, que necesita un suelo firme para crecer. El estudio longitudinal de Judith Wallerstein, con lenguaje clínico y con historias concretas recogidas durante 25 años, confirma algo que la sabiduría cristiana ha sostenido durante siglos: la estabilidad conyugal no es sólo un bien para los esposos; es un marco protector para el desarrollo afectivo, moral y educativo de los hijos.

Aquí cobra fuerza una imagen profundamente realista de Santo Tomás de Aquino, muchas veces recordada por la tradición: la familia es el “útero espiritual” del niño. Así como el niño necesita un útero para su desarrollo físico, después necesita un hogar estable para formar su vida interior: la confianza básica, la capacidad de amar, el sentido del compromiso, la paciencia ante el conflicto, el aprendizaje del perdón y la perseverancia cotidiana. Cuando ese “útero espiritual” se quiebra, el daño no siempre aparece de inmediato; a menudo se manifiesta más tarde, como miedo a la pérdida, inseguridad afectiva o dificultad para construir vínculos firmes. Precisamente por eso este tipo de investigaciones resulta tan valioso: porque muestra que el impacto del divorcio puede ser de largo plazo, incluso cuando el entorno supone que “todo ya quedó atrás”.

Por eso, si queremos una sociedad más sana, el camino no comienza cuando ya estalló la crisis, sino antes: en una preparación seria para el matrimonio, en una educación del carácter y de la voluntad, en un noviazgo responsable donde los jóvenes aprendan a conocerse de verdad y a comprender el compromiso que asumen. No basta con el sentimiento; se necesita madurez, diálogo aprendido, virtudes reales, visión de futuro, capacidad de sacrificio y sentido de misión: formar un hogar para la prole.

El divorcio —enseña Wallerstein— puede “liberar” a algunos adultos de situaciones difíciles, pero sus consecuencias pueden perdurar  en los hijos. En muchos casos, el costo emocional reaparece años después, cuando la persona intenta amar sin miedo y construir lo que no vio: una fidelidad concreta, cotidiana, paciente. De allí que la misión educativa de la Iglesia —y de toda comunidad que ama a la familia— sea clara: salvaguardar el matrimonio, no por nostalgia, sino por caridad hacia los niños y por realismo sobre los efectos de la ruptura.

En definitiva, este estudio refuerza una convicción central: cuidar la familia es cuidar el “útero espiritual” donde los hijos aprenden a vivir, a amar y a esperar. Y esa tarea exige verdad, acompañamiento, y una formación matrimonial más consciente y profunda, capaz de evitar matrimonios precipitados y, con ello, contribuir a disminuir el doloroso ciclo del divorcio que tantas heridas deja en la infancia y la adolescencia.

Referencia principal: Judith S. Wallerstein & Julia M. Lewis, The Unexpected Legacy of Divorce: Report of a 25-Year Study (2004).

Emanuel Martelli, Neuropsicopedagogo

emanuelmartelli@gmail.com