En su obra Psicología del carácter, Rudolf Allers establece un principio decisivo para toda educación auténtica: el niño no actúa primariamente desde una voluntad madura y reflexiva, sino desde la reacción. Su conducta es, en gran medida, una respuesta a la experiencia vital que atraviesa: el modo en que es tratado, el clima afectivo en el que vive, la forma concreta en que experimenta la autoridad y, sobre todo, el grado de seguridad o inseguridad que percibe.
Por esta razón, Allers advierte contra la tendencia a interpretar rápidamente las conductas problemáticas como defectos esenciales del carácter o como signos de una maldad moral.
El niño se encuentra en una situación de fragilidad existencial: es pequeño, dependiente, inexperto, y al mismo tiempo posee una fuerte tendencia natural a la autoafirmación. El conflicto entre esa tendencia y sus limitaciones reales genera una inseguridad profunda, que constituye el terreno sobre el cual se desarrollan muchas dificultades educativas.
El miedo como motor oculto de las conductas desafiantes
Uno de los aportes más profundos de Allers consiste en mostrar que el miedo está presente, de modo manifiesto u oculto, en prácticamente todas las dificultades educativas. En Psicología del carácter sostiene que no hay desviación del carácter ni problema educativo en el que el miedo no juegue un papel determinante.
Este miedo no suele presentarse de forma directa. No es, en primer lugar, miedo a un peligro concreto, sino un temor más radical: el miedo a no valer, a quedar expuesto en la propia fragilidad, a perder el amor, la estima o la protección del adulto. Precisamente por ser difícil de tolerar, este miedo se disfraza y se expresa en conductas reactivas.
Así se comprenden muchas de las llamadas conductas desafiantes:
La mentira, que surge como un intento de protección frente a una autoridad vivida como amenazante. El niño miente porque teme las consecuencias.
El capricho, que expresa una autoafirmación desordenada: el niño intenta imponerse para confirmar su valor.
El orgullo y el desafío, que no son signos de fortaleza, sino resistencias defensivas frente al temor de someterse y quedar expuesto.
La insinceridad y la rebeldía, que funcionan como barreras para evitar una vivencia más profunda de desvalorización.
Allers es claro: cuando el miedo gobierna, la persona se defiende. Y estas defensas no se eliminan con castigos más severos, sino que se consolidan. El niño educado en el miedo aprende a ocultar, no a crecer; a esquivar, no a amar el bien.
El gran error pedagógico: educar desde el miedo
Aquí la psicología del carácter ofrece una advertencia de enorme actualidad. Muchos sistemas educativos creen que el respeto se obtiene mediante el temor. Sin embargo, Allers demuestra que el miedo no genera respeto auténtico, sino sumisión exterior y, muchas veces, rebelión interior.
Un sistema represivo basado en el temor al castigo puede lograr obediencia aparente, pero no forma el carácter. El niño puede obedecer por temor, pero interiormente se cierra, se vuelve desconfiado y reactivo. Aprende a evitar el castigo, no a obrar por convicción. Desde esta perspectiva, educar desde el miedo no solo es ineficaz, sino profundamente contraproducente, porque refuerza el motor oculto de las conductas desafiantes.
Si el miedo está en la raíz del problema, la respuesta educativa no puede ser más miedo, sino seguridad.
La respuesta pedagógica: el sistema preventivo de Don Bosco
Mucho antes de los desarrollos de la psicología moderna, San Juan Bosco comprendió esta verdad fundamental. Por eso rechazó explícitamente el sistema represivo y desarrolló el Sistema Preventivo, que no educa castigando el mal después de cometido, sino previniéndolo mediante un clima de presencia, confianza y amor:
“Que los jóvenes no sean solamente amados, sino que se den cuenta de que se les ama.” (MB XVII, 110)
No basta con amar desde la intención del educador; es necesario que el niño perciba ese amor. Solo cuando se siente amado, el miedo pierde su dominio y deja de ser el motor de la conducta.
Don Bosco explica cómo debe hacerse visible ese amor:
“Que al ser amados en las cosas que les agradan, participando en sus inclinaciones, aprendan a ver el amor también en aquellas cosas que les agradan poco, como son la disciplina, el estudio, la mortificación de sí mismos, y que aprendan a obrar con generosidad y entrega.” (MB XVII, 110)
Este principio revela la profundidad del sistema preventivo. El educador comienza por lo cercano, por lo que al niño le agrada, para construir el vínculo que luego permitirá aceptar lo exigente y abrirá el niño a la confianza, produciendo realmente el acto educativo:
“El que sabe que es amado ama; y el que es amado lo consigue todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza establece una corriente eléctrica entre jóvenes y superiores. Los corazones se abren y dan a conocer sus necesidades y manifiestan sus defectos.”
Cuando este amor se debilita en los corazones de los educadores, aparecen desviaciones graves: castigos motivados por amor propio herido, búsqueda de prestigio personal, comodidad, frialdad reglamentaria. Don Bosco se pregunta con lucidez:
“¿Por qué se quiere sustituir la caridad por la frialdad de un reglamento?”
Y responde con firmeza:
“Porque al sistema de prevenir, de vigilar y corregir amorosamente los desórdenes, se le quiere reemplazar por ese otro, más fácil y más cómodo para el que manda, de promulgar la ley y hacerla cumplir mediante los castigos que encienden odios y acarrean disgustos sin cuento.”
Conclusión: educar es cosa del corazón
La psicología del carácter de Rudolf Allers y el Sistema Preventivo de Don Bosco convergen en una verdad esencial: la verdadera educación no puede nacer del miedo y la represión.
Solo el amor crea un ambiente seguro, en el que el niño y el joven pueden enfrentar y superar sus temores, aceptar la corrección, crecer en responsabilidad y abrirse generosamente a la vida por medio de la practica de la virtud. Por eso Don Bosco podía afirmar, con profunda verdad antropológica y cristiana, que educar “es cosa del corazón”.
Emanuel Martelli, Neuropsicopedagogo
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