Opinion

El sueño americano y el muro de papel

Hace unos días, cuando iba manejando del trabajo a casa, escuché algo que me hizo entender finalmente el dilema de los DREAMers.

El comentarista de radio dijo algo así: “Los DREAMers vinieron aquí cuando tenían cinco o seis años por decisión de sus padres. No tuvieron voz en esa decisión. Han vivido aquí toda su vida como ciudadanos sin derechos”.

Claro, he oído este razonamiento muchas veces, pero no exactamente así. Me di cuenta de que mi mamá también me había traído a Nueva York en un avión cuando tenía cinco años sin pedirme permiso. La diferencia crucial es que la única razón de ese viaje fue que la mejor amiga de mi mamá quería vivir en los Estados Unidos y decidió incluir su nombre —¡y el de mi madre!— en la lotería de visas.

Un día llegó una carta en inglés al diminuto apartamento de mi mamá en Lodz, Polonia. Ella, sin saber de qué se trataba, estuvo a punto de echarla a basura. Por coincidencia, o quizás por gracia de Dios, mientras hablaba ese día por teléfono con su amiga, le mencionó la extraña carta que había recibido. Y fue así que supo que tenía oro en las manos. Pero mi mamá no estaba nada segura. Ella no hacía planes de vida, pero sí tuvo siempre algo muy claro en su plan: “nunca mudarse a Estados Unidos”.

Al fin decidió hacer la prueba y ver cómo era la vida en Nueva York. Además, en esa época yo estaba muy enferma y ella sabía que aquí había mejores médicos.

Vendió su carro —que había heredado a la muerte de su padre un par de años antes— para pagar los trámites de viaje y los pasajes. Llegamos a Nueva York a iniciar la aventura, pero yo debía volver enseguida a Polonia. Viviría casi un año con mi abuela mientras mi mamá preparaba condiciones para nosotras aquí. Así comenzó mi vida transnacional.

Cuando regresé a Nueva York, lo único que quería era reunirme con mi mamá, no me importaba en absoluto dónde fuera.

Pero cuando finalmente la hallé en la multitud de JFK, recibí la sorpresa de ver a un hombre a su lado. Semanas después, descubriría que aquel hombre era en realidad mi padre, mi padre biológico, y que mis padres se había reencontrado en una nueva tierra por un raro capricho del destino.

Vivimos casi dos años como familia, aquí fui a la escuela por primera vez. (Mi enfermedad me había impedido comenzar la escuela en Polonia). Aprendí a leer libros y a charlar con todos en mi clase. Mi maestra quería que mis padres me hablaran en inglés pero, gracias a Dios, ellos no siguieron su consejo. Aprendí la lengua y la cultura con mucha más facilidad que a escribir líneas ordenadas de emes en mis cuadernos. Mi vida no era perfecta, ni era horrible: era sólo la vida de una niña de seis y siete años.

Todo cambió de nuevo cuando mis padres me explicaron que los “papeles” de mi papá no estaban en orden. Tendríamos que ir a vivir a Nicaragua por un tiempo hasta que todo se arreglara.

¡Guau, Nicaragua!

“Por fin aprenderé español”, pensé yo. Mis padres no querían enseñarme español; decían que tenía que concentrarme en el inglés, pero yo quería hablarlo con mis compañeras de clase.

Nos metimos en dos carros, con unos amigos de la familia, y después de manejar dos semanas, llegamos a Nicaragua.

Viví en Nicaragua dos años. Mi madre estaba siempre por aquí o por allá trabajando. Y yo tuve otra vez una niñez que a mí me parecía totalmente normal. En solo dos meses ya estaba hablando bien español, y tenía muchos amigos. ¡Y que niñez era aquella! Me pasaba el tiempo subiendo a los árboles, comiendo mangos y guayabas.

Los adultos nos reñían por andar por los techos de las casas. Jugábamos a la pelota en la calle, y mi padre me enseñó a pescar con bolsas. Había pobreza, pero todos se tomaban en serio la niñez. Mis compañeros tenían que trabajar, pero siempre hallaban tiempo para jugar a la pelota un par de veces a la semana. Mi padre me dejaba jugar juegos de video solo los sábados en la mañana, cuando mis primos venían a visitarnos.

Aunque me sentía en mi patria, en el lugar donde debía estar, siempre sería una niña diferente. Me llamaban gringa, aunque no lo era. Y no importaba cuántas veces les explicara que era medio polaca, no me escuchaban. “No, gringa”. ¡Yo no era gringa!

Dos años más tarde, mis padres de nuevo tomaron una decisión sin consultarme. Mi madre y yo nos iríamos a vivir a Nueva York, y mi padre nos seguiría un poco más tarde.

Regresé a Nueva York unos meses antes del terremoto que devastó la región donde vivía en Nicaragua.

Llegué a un lugar donde ya era oscuro cuando sales de la escuela, donde se jugaba video games cada día, y para jugar afuera había que ir a un sitio cercado como si fueras un animal en el zoo, bajo la mirada de todos los adultos. Aquí las chicas no se casaban hasta los 20 años por lo menos, pero pensaban en los chicos todo el tiempo y se pintaban la cara y las uñas. No me gustó ni un poquito. Me pasaba cinco o seis horas en casa haciendo la tarea, y no entendía lo que hablaban mis compañeros en la escuela. Podíamos hablar la misma lengua, pero eso era todo.

En la escuela media (junior high) las cosas cambiaron, era un poco mejor. Sacaba mejores notas, y fui a una clase “selecta”. Casi todos mis compañeros era inmigrantes.

Y un día, el mundo entero cambió: el 11 de septiembre de 2001. Los adultos comenzaron a actuar de una manera muy extraña. En la escuela, de lo único que hablaban era de la patria. “No se imaginan la suerte que tienen de estar aquí. Deberían dar gracias por estar aquí”. ¿Por qué? Nadie nos preguntó si queríamos vivir aquí. Nuestros amigos y parientes estaban en otros países. A mí ni me gustaba estar aquí. Obviamente, nunca lo dije en voz alta.

Me sentí muy mal cuando, el día que fui a hacer la matrícula para octavo grado, un funcionario de la escuela nos dijo: “Cuando yo era niño, solo tenía Bolonia para comer con pan en la mañana. Ustedes tienen tanta suerte”. ¿De veras? ¿Podías comer carne todos los días y te estas quejando?

Teníamos que decir el “Juramento a la bandera” cada día, aunque casi ninguno de nosotros era ciudadano. Nunca lo dije, pero jurar lealtad a un país que no era el mío no me caía nada bien.

En la secundaria (high school) fue todo lo contrario. El director de la escuela nos dijo que era comunista. ¡Comunista! Nos hablaban sobre las terribles cosas que el gobierno americano había hecho. Tenía compañeros que pensaban de maneras diferentes. Eso me gustaba. No que el director fuera comunista, pero lo de poder pensar y hablar con libertad. El comunista me calló bien, aunque su ideología fuera un problema. En décimo grado mi madre me dijo que debía hacerme ciudadana. No me gustaba la idea. Me dijo que era la única manera de garantizar de podría quedarme aquí. Me decidí a hacerlo. ¿En qué otro lugar del mundo no suena raro eso de ser polaca- nicaragüense? Para mí, no hay otro lugar que no sea Nueva York. Es mi casa.

En tono sombrío recité el “Juramento a la bandera” frente a un oficial del tribunal. Pensé en cada palabra. Estados Unidos es el único país al que he jurado lealtad. Lo hice por decisión propia, con absoluta libertad. Para bien o para mal, soy gringa. Amaba demasiado a Nueva York como para no dar ese paso.

Cambié mi manera de pensar. Cuando me preguntaba qué hacer con mi vida, pensaba: “¿Cómo puedo ayudar más al mundo y a mi país, mi patria, los Estados Unidos de América?” Quizás debería enlistarme en el ejército. No, pensé que eso no era lo mejor. No, voy a luchar por la causa de la democracia con la libertad de palabra. Seré periodista. En la universidad pasé un semestre en España, para aprender mejor la lengua. Allí por primera vez me sentí estadounidense, no solo neoyorquina.

En los Estados Unidos trabajamos duro y mucho. Y cada persona tiene un puesto en la mesa. No es fácil, algunos tienen más que otros, pero hay lugar para todos. Hay libertad no solo de palabra, sino también de opinión. Hay mucho por mejorar, pero aquí es posible avanzar. Este país ha visto épocas mucho peores, y ha ido mejorando década a década. Quiero ser parte del American Dream, el sueño americano. El sueño de que la vida puede ser mejor, que podemos ser mejores, como individuos y como país. No creo que sea el mejor país en el mundo. Creo que en cierto sentido hay mejor calidad de vida en Nicaragua; y que Polonia tiene una sabiduría que le viene de su historia y que no hay aquí. Pero este es mi país. Y trabajaré con todas mis fuerzas para que sea mejor.

No tendría esta pasión si no fuese porque me hice ciudadana después de dar tantas vueltas. Estoy muy orgullosa y agradecida de mi ciudadanía y trato de cumplir todas mis responsabilidades de ciudadana en la mejor manera que puedo. Por eso puedo decir que contribuyo algo importante a este país. Y si alguien no lo piensa así, me lo puede decir en la cara: tiene libertad de palabra.

Los DREAMers son como yo. Si disfruto de los beneficios de la ciudadanía es por la gracia de Dios, no porque sea mejor que ninguno de ellos. La única diferencia es que cuando sus padres tomaron aquella decisión por ellos, lo hicieron sin un papelito. Ellos tiene mayores retos para vivir su American Dream. Y cuanto más alto se eleve el muro, más crecerá no sólo su pasión, sino también su valor.