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Las cualidades del verdadero educador según San Enrique de Ossó

San Enrique de Ossó i Cervelló (1840–1896) fue un sacerdote español, fundador de la Compañía de Santa Teresa de Jesús y una de las grandes figuras de la pedagogía católica del siglo XIX, que dedicó su vida a la formación cristiana de la niñez, a la preparación de maestras y catequistas, y a la renovación de la sociedad por medio de la educación.

San Enrique menciona que los medios de la educación, no se limitan a elementos exteriores o escolares, sino que son entre otros “buenos ejemplos, consejos, prácticas, ejercicios, la verdad revelada, la razón, la experiencia, la naturaleza, padres y profesores”, entendiendo que los grandes agentes de esta obra formativa son “Dios, la Iglesia, padres y profesores y el buen ejemplo”.

San Enrique entendía la infancia no como una etapa irrelevante o meramente preparatoria, sino como del momento decisivo en el que se juega la orientación profunda de la persona y, en consecuencia, del cuerpo social. Por eso afirmaba con claridad que “las niñas y los niños son los representantes de las generaciones venideras”, y añadía enseguida que de la educación de la infancia “depende el futuro de la religión y de la patria social”. Estas palabras poseen una fuerza extraordinaria. El porvenir de un pueblo, de sus costumbres, de su fe, de su orden moral, depende en gran medida de cómo hayan sido formados los niños. He aquí la grandeza de la Escuela y de la educación católica.

Para él los educadores deben “cooperar eficazmente para que la criaturita llegue a ser feliz”, entendiendo que no se trata, pues, de una educación reducida al éxito exterior o profesional, sino que la educación debe conducir al niño hacia su verdadero bien, hacia una vida rectamente ordenada y, en definitiva, hacia aquella felicidad que no puede separarse de la verdad, de la virtud y de Dios. Es en esta verdadera felicidad de los niños donde se encuentra el bien de la sociedad: “Este es el único secreto infalible para obtener una restauración social en nuestros días: cultivar la inocencia, haciéndola crecer en la ciencia de Dios y en el amor de la religión”. Y en el mismo sentido afirmaba también que el catecismo debía ser “la última esperanza de regeneración del mundo” y “el primer cuidado de un celoso sacerdote”, porque “los niños, pues, y solo los niños, pueden en este caso regenerarlo”. Difícilmente podría decirse con mayor claridad. La restauración social no comienza, según él, en las estructuras, ni en los discursos, ni en los programas externos, sino en la verdadera formación de la infancia. Allí se halla la semilla del futuro. Allí se decide, en gran medida, si una sociedad tendrá hombres rectos, familias sanas, almas abiertas a la verdad y al bien, o si, por el contrario, se precipitará en la confusión y la decadencia.

Esta perspectiva explica igualmente el tono sagrado con el que San Enrique habla de la misión educativa. Para él, no se trata de un trabajo cualquiera. Es una tarea altísima, porque se ejerce sobre aquello que es más precioso y delicado. En sus textos dirigidos a las maestras de infancia, llega a preguntarse si están convencidas de la “altísima trascendencia” de su cargo, y si reconocen que les han sido confiadas “las flores más deliciosas y preciosas y más amadas” del jardín del Señor.

Ahora bien, si la educación de la infancia es una obra de tan alta trascendencia, entonces no cualquier disposición basta para ejercerla bien. San Enrique de Ossó insiste, de manera explícita y constante, en que quienes se dedican a educar deben poseer determinadas cualidades morales, afectivas y pedagógicas. No se trata solamente de saber enseñar, sino de ser una determinada clase de persona: alguien capaz de formar el corazón del niño, iluminar su inteligencia, guiar su voluntad y hacerlo crecer en un clima de verdad, amor y virtud.

La primera cualidad que San Enrique subraya es el buen ejemplo. En realidad, para él no se trata solo de una cualidad entre otras, sino del medio más eficaz de toda educación. Lo afirma con claridad inconfundible: “El medio más eficaz es el buen ejemplo. No hay, ni puede haber, peor plaga, para un pueblo o para una nación, que un mal educador”. De ahí que San Enrique, al dirigirse a las maestras de infancia, formule esta pregunta como examen de conciencia: “¿Soy regla viva de las virtudes que les predico y enseño, más con las obras que con las palabras?”. El educador debe ser, pues, una ley viviente, una presencia moral que haga visible el bien que propone.

Junto al ejemplo, aparece una segunda cualidad esencial: la capacidad de hacerse amar. Refiriéndose al catequista, pero en términos aplicables a todo educador, escribe: “Es, pues, esencial el hacerse amar. No se obtiene, pues, el ser amado si no amando con un amor lleno de dulzura”. Aquí se revela una intuición pedagógica fundamental: no se educa verdaderamente desde la frialdad ni desde la mera distancia funcional. El niño debe sentirse amado para abrirse con confianza a la acción del educador. Ese amor, sin embargo, no es sentimentalismo desordenado, sino una caridad pedagógica que busca el bien del niño y se expresa en paciencia, cercanía, constancia y ternura. Para ello, para hacerse amar, es necesario, tener un corazón de madre: “Como la madre que cría, amamanta, acaricia, regala, sufre, enseña, corrige, avisa, prevé, ama con paciencia, con constancia a sus hijitos… así debe ser la educadora de la infancia. Sed, pues, madres verdaderas, y esto basta; y sin esta cualidad nada le bastará por más que seáis sabias, iluminadas, etc.”.  El motivo es el siguiente: “En primer lugar las madres son las encargadas por la Providencia para formar el corazón de sus hijos…Una madre que continuamente tiene a su hijo en sus brazos, reclinado sobre su seno, acariciado y mimado de mil maneras…, consigue imprimirse, fotografiarse completamente en el corazón de sus niños”.

Consecuencia de lo anterior es la tercera característica: la dulzura como virtud indispensable. San Enrique sabe muy bien que el alma infantil puede ser cerrada o herida por la dureza. Por eso advierte: “El rigor los intimida y perturba; la dureza los aparta; el tono severo, el aire sombrío, los modales ásperos, el mal humor, las expresiones duras, las palabras injuriosas o irónicas, y más aún los malos tratos, los sublevan y les hacen perder toda confianza”. Esta observación muestra una fina comprensión psicológica. La dureza podrá imponer silencio exterior, pero no forma el corazón. La dulzura, en cambio, hace posible una corrección fecunda, porque conserva la confianza y permite que el niño reciba la orientación sin humillación.

Sin embargo, la dulzura no significa debilidad ni permisividad. San Enrique reconoce claramente la necesidad de la autoridad, pero exige que sea ejercida con equilibrio, elevación moral y prudencia. Por eso enseña: “Si quiere hacerse respetar por los niños, debe hacerlo por la autoridad de su ministerio, de sus virtudes y de una firmeza suave, que usará muy raramente y con discreción cuando fuere necesario, pues la autoridad intimida; debe usarse solamente como un medio para pasar de ella al amor que gana los corazones”. La expresión “firmeza suave” resume admirablemente su ideal pedagógico. El educador debe sostener la autoridad sin volverse áspero, corregir sin aplastar, guiar sin inspirar temor servil. La autoridad no es el fin del acto educativo; es un medio subordinado al amor y al bien del alma.

San Enrique condensa estas disposiciones en una frase breve y memorable: “Paciencia, dulzura, amor y previsión. He aquí las cualidades de una buena Educadora de Infancia”

Así, la enseñanza de San Enrique de Ossó conserva hoy una actualidad notable. Frente a una cultura que con frecuencia reduce la educación a técnica, rendimiento o simple escolarización, el santo nos recuerda que educar es una obra sagrada y profundamente humana. El verdadero educador debe ser ejemplo vivo, capaz de hacerse amar, lleno de dulzura, dotado de firmeza suave, revestido de entrañas de madre, paciente, previsor, conocedor del alma infantil, claro en su enseñanza y profundamente consciente de la grandeza de su misión. Solo así podrá cooperar eficazmente para que el niño crezca en la verdad, en la virtud y en el amor de Dios. Y solo así la educación volverá a ser, como lo fue para San Enrique, uno de los caminos más seguros para la regeneración cristiana de la sociedad.

Emanuel F. Martelli

Neuropsicopedagogo

emanuelmartelli@gmail.com