Natasha Bisbal

¡Este es el momento! Celebrando la vida consagrada

En el día de la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen María, en noviembre del año pasado, el papa Francisco dedicó el Año de la Vida Consagrada, que comenzó el primer Domingo de Adviento de 2014 y culminará con la fiesta de la Presentación del Señor, el 2 de febrero de 2016.

La intención de Su Santidad es celebrar y recordar la historia de las congregaciones e institutos de vida consagrada, al igual que apoyar a aquellos hermanos y hermanas que tienen tanto que ofrecer a las comunidades en las que sirven.

Para aclarar algunas dudas, empecemos con la pregunta: ¿Qué constituye una vida consagrada?   El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que “el estado de vida consagrada aparece, por consiguiente, como una de las maneras de vivir una consagración ‘más íntima’, que tiene su raíz en el bautismo y se dedica totalmente a Dios” (cf. PC 5). “En la vida consagrada, los fieles de Cristo se proponen, bajo la moción del Espíritu Santo, seguir más de cerca a Cristo, entregarse a Dios amado por encima de todo y, perseguir la perfección de la caridad en el servicio del Reino; encarnando y anunciando en la Iglesia la gloria del mundo futuro” (cf. CIC, can. 573).

Entonces, vivir una vida consagrada significa que la persona ha escuchado el llamado de Dios y  ha respondido   a una vocación especial y única. Es un llamado que une a una persona con Cristo y Su Iglesia de manera perfecta y libre, mediante votos públicos de pobreza, castidad y obediencia.   La hermana Maryann Lopiccolo, delegada de religiosos en nuestra Diócesis, nos comparte que ser consagrada “es tomar lo ordinario y santificarlo para permitir que sea una revelación de lo sagrado en medio de nosotros; para usar lo que conocemos como una puerta al Misterio de Dios”.

Ser una puerta al Misterio de Dios, ¡qué imagen tan hermosa!   Este pensamiento me transporta al recuerdo de mi primera experiencia con una hermana consagrada.  Yo tenía seis añitos y asistía a la Iglesia de San Lorenzo, en East New York en Brooklyn.  En ese entonces, nuestra parroquia gozaba de la bendición de ser parte de la comunidad de las Hermanas de la Misericordia.   Una de ellas, la hermana Jareth, era la directora de educación religiosa, y yo, una de sus alumnas.   Pasaron los años y al recibir el sacramento de la Confirmación, la hermana me invitó a regresar en septiembre como catequista.   Yo, con tan solo 14 años y con miedo de negarme al pedido de una hermana, volví en el otoño.

Recuerdo la conversación como si fuera ayer.   Me preguntó, “Natasha, ¿cómo puedes decir no a Dios si Él está llamándote a trabajar para Él? Él tiene un plan y tienes que confiar en Él”.   No sé aún si ésta fue su técnica para convencerme, pero comprendí, en aquel entonces, que era la verdad y todavía lo es en mi vida. Con un poco de miedo, regresé a ofrecer mis servicios a otros muchachos en el programa y el resto es historia.

La hermana Jareth fue la primera persona que compartió conmigo cómo usaba sus dones para el Pueblo de Dios.  Desde ese entonces, trato de hacerme la misma pregunta cada vez que me encuentro con un nuevo reto de la vida.  Aunque ya no la veo y está en otra comunidad, su pasión de servir a la comunidad con fidelidad continua siendo un ejemplo vivo.

Sé que muchos de ustedes han tenido una experiencia similar.   Si no hubiese sido por la simple pregunta de esta servidora de Dios, ¿quién sabe si hubiese tenido la valentía a decir sí a Dios en diferentes momentos de mi vida?

En su mensaje desde el Vaticano, el 21 de noviembre del año pasado, el papa Francisco se enfocó en tres objetivos para el Año de la Consagración, que incluyen: recordar con gratitud los últimos 50 años de renovación desde el Concilio Vaticano II; acoger el futuro con esperanza y con la certeza que la vida consagrada nunca va a desaparecer de la Iglesia; y vivir el presente con pasión, como un testimonio a la belleza de la vocación y despertando al mundo con un ejemplo de vida de manera profética.

Para todos los consagrados, la hermana Maryann comparte, “¡este es nuestro año!, donde la Iglesia reconoce a todos los mujeres y hombres que comprometen sus vidas, sus energías y sus corazones a revelar lo sagrado en nuestro mundo; ofreciendo esperanza y ánimo a ellos que no lo tienen, a llevar a sí mismo por el bien, por la Misión del Evangelio de Jesús.”   Este año en particular te pido oraciones para la hermana Jareth y por los más de 1.030 miembros de la vida consagrada y las diferentes variedades de nuestra diócesis que dan día tras día para crear una puerta hacia el Misterio de Dios, en especial recordemos a los hermanos y hermanas religiosas, los sacerdotes de órdenes religiosos, mujeres y hombres solteros que pertenecen a instituciones seculares. Como laicos, también estamos llamados vivir la misma vocación y servir a Dios sirviendo a otros, a la vez que respondemos juntos a su misión.

Les invito a leer la Carta Apostólica en su totalidad, visitando la página oficial de La Santa Sede:

http://goo.gl/jfJU44