Opinion

¿Iglesia muerta?

¿La Iglesia muerta durante 1.500 años? Estoy hablando de la Iglesia Católica. Sí, no me he equivocado. Hablo de la Iglesia muerta durante 1.500 años. Y no estoy soñando. Pero me dirán que es una barbaridad; que es falso. Y muchas más cosas se podrían decir. Pero, ¿por qué lo menciona, si usted mismo reconoce esta gran mentira? Pues se lo explicaré.

Si usted habla con algún protestante es muy fácil que le niegue la existencia de la Iglesia desde tiempos apostólicos en el siglo primero hasta el siglo XVI con la Reforma de Lutero. Quizá no te lo diga así de claro. Más bien emplean frases ambiguas, como si hubiera estado desaparecida, sufrió una gran depresión, estuvo reposando en las sombras de las catacumbas. No tuvo ninguna actividad. Pasó, por años y años, sin vida, cadavérica; como un muerto en estado vegetativo, mantenido solo por tubos, como se hace en la medicina moderna.

Quizá muchos de nuestros hermanos protestantes no lo digan con estas palabras. Pero ciertamente, para ellos estos 1.500 años parece que nunca existieron. No están interesados en saber lo que pasó. No estudian este gran período, como si nunca hubiera acaecido.

El año 1529 suena el despertador y surge la Iglesia, cuando varios príncipes y ciudades alemanas presentan la llamada Protesta de Espira al emperador Carlos V. A partir de ese momento, se inicia un movimiento, fundamentalmente en Alemania y los Países Bajos, que dará lugar a la gran Reforma Protestante, capitaneada por el sacerdote Martín Lutero.

Pero volvamos al tema de este artículo: ¿Estuvo la Iglesia desaparecida durante 1.500 años? ¡Pues no! Cristo, su fundador, la protegió, como había prometido, estuvo con ella y no se quedó dormido. Nos lo dice el evangelio de Mateo 16,18: “Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Intentar explicar las actividades de la Iglesia durante tantos siglos es lo mismo que intentar meter las aguas del océano en un calderito, como cuenta san Agustín. Pedro y Pablo instituyeron a Roma como centro de la Iglesia. Surgen los famosos Padres Apostólicos, que conocieron a los apóstoles y trasmitieron su doctrina. Brotan comunidades cristianas en las costas del Mediterráneo. A lo largo de los años van surgiendo los concilios que definen los dogmas de la fe. Basta citar los de Nicea y Constantinopla, donde definen la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo. En el de Éfeso reconocen a María como Madre de Dios. Y algo que aceptan los protestantes, los libros de la Biblia, fueron reconocidos en los años 393 y 397 por los concilios de Hipona y de Cartago, ambos en el norte de África. En palabras de hoy día, fijaron el canon del Nuevo Testamento.

Es verdad que la Iglesia Anglicana reconoce como concilios ecuménicos sólo los cuatro primeros: Nicea I, Constantinopla I, Éfeso y Calcedonia.

Pero no hace falta mencionar los concilios, propio de historiadores. Abra los ojos, visite las catedrales románicas y góticas en toda Europa. Extasíese frente a Notre Dame en París. Peregrine a Santiago de Compostela en España; o visite la bellísima Catedral de Colonia en Alemania y… ¡tantas otras! Todos estos monumentos son testigos vivientes de la presencia vigorosa de la Iglesia por tantos años. Por supuesto que no habría que olvidar los monasterios en el mundo del arte y de la cultura.

Pero, ¿para qué seguir? Ciertamente, Jesús no ha dejado de protegerla. La Iglesia Católica ha estado presente durante más de veinte siglos. ¡Gracias a Dios!