250 años de Estados Unidos

BRINDEMOS POR ESTADOS UNIDOS, TIERRA DE INMIGRANTES

Celebré y brindé por los doscientos años de independencia de Estados Unidos en 1976 con los amigos y familiares que unos pocos años atrás habíamos llegado con el corazón rebosante de alegría a la tierra de promesas y esperanzas. Asistimos al Gran Desfile Naval de 50 buques de guerra de 32 países. Con cada saludo de los 21 cañonazos nuestros corazones vibraron de alegría y gratitud mientras nuestros cuerpos saltaban y se movían de lado a lado.

Hoy, 50 años después, ya sin la pasión de la juventud, y sin poder saltar ni correr como entonces, con el caminar más lento, pero con el mismo espíritu joven y la mente lúcida vibro nuevamente con los cañonazos y diferentes celebraciones. Hoy festejo con gratitud los sueños cumplidos y lamento las pesadillas vividas en esta tierra del norte a la que, con mi esposo, planeamos venir tan solo por dos años. Nos habían dicho que en esta tierra se podía ahorrar y regresar con dinero para empezar un negocio, o comprar una casa.  Al cabo de los dos años, como no teníamos dinero ahorrado, y ya con tres niños, renovamos el propósito de quedarnos por dos años más. Y así, los años se fueron pasando, los hijos creciendo, y los nietos llegando.

En el proceso, la frustración y la amargura empezaron a acompañarnos.  Habíamos dejado todo para conseguir un sueño, y éste cada vez estaba más lejos. Dios me salió al paso, me mostró el camino en la Iglesia en donde vivíamos entonces.  Ansiaba que llegara la noche del grupo de oración carismático, y la Santa Misa del domingo, donde tomaba nuevas fuerzas para seguir adelante. Hoy, 56 años después, puedo decir que todavía no tengo las riquezas materiales que vine a buscar; pero sí estoy llena de posesiones espirituales.  El Señor sanó mi amargura interna, sanó las heridas del hogar, y me llenó de Su Paz.

No he olvidado las luchas y temores del inmigrante que acaban de llegar en busca del sueño americano. En mi propia familia sufrí el dolor de la deportación del papá de mi nietecita que entonces tenía 6 años. ¿Dónde está papi? preguntaba día tras día. Su dolor dejó huellas en ellas, en nosotros, y en el entonces joven papá que volvió a su tierra natal con una bolsita amarilla y la ropa puesta después de 10 años de haberlo tenido todo.

Esta experiencia me marcó profundamente. Mi Iglesia, mi conexión con Dios en la oración, y mi comunidad de hermanos me ayudaron en el proceso de acompañamiento y superación. Igual que cuando perdí a mi madre durante la pandemia y no pude llegar, Dios me ha llevado a identificarme más y más con mis hermanos inmigrantes. Me ha llevado a encontrarle sentido a mi sufrimiento y me ha empoderado para acompañar con amor y misericordia a mis hermanos que hoy sufren lo mismo.

Por otra parte, puedo afirmar que siempre viviremos con el síndrome del inmigrante. Igual que los judíos, exiliados en Babilonia, en los momentos de nostalgia nos identificamos con el Salmo 137 (136): “A orillas de los ríos de Babilonia estábamos sentados llorando, acordándonos de Sión. En los álamos de la orilla colgábamos nuestras cítaras, Allí mismo nos pidieron cánticos nuestros deportadores. ¿Cómo podríamos cantar un canto de Yahvé en un país extranjero?”

Y es que el síndrome del que extraña su tierra nativa no es nada nuevo en la historia. Lo que es nuevo son los escenarios, las épocas y los personajes. La búsqueda de un lugar donde establecernos para tener una vida mejor es muy propia del ser humano. En el caso del salmista el lamento brota de un pueblo que ha sido forzado a dejar su tierra y a emigrar a otra. En los casos nuestros, hay los que por problemas políticos han sido exiliados, desterrados o de alguna manera obligados a dejar la tierra que los vio nacer, para siempre o por un tiempo indefinido; y hay los que por situaciones económicas de hambre, pobreza, o falta de oportunidades, deciden por voluntad propia “irse por un tiempo” pero con el propósito de volver algún día.

Y mientras construimos en esta tierra, hay una pregunta que resuena en nuestro corazón: ¿De dónde somos? Las percepciones que tienen los demás de nosotros en vez de aclararnos esta pregunta nos confunden más. Y es que cuando estamos aquí, nos identifican de acuerdo con el país de origen; pero cuando regresamos nos identifican como “los que se fueron”. A veces, hasta nos llaman “gringos”. Y es que ya ni pensamos, ni hablamos, ni nos vestimos como ellos.

Algo está claro. “Somos inmigrantes”. Inmigrantes que contribuimos a esta tierra de Estados Unidos, y a la tierra que nos vio nacer.    En algún momento de crisis de identidad hice míos los versos del canta-autor Facundo Cabral: “Ni soy de aquí, ni soy de allá”. Tiempo después, el Señor me dio este poema que afirma el llamado que nos ha hecho en esta tierra a la que nos ha traído:

Somos de aquí, y somos de allá

                    nacimos aquí, pero vivimos allá                    

el Señor Jesús nos llamó

                               a servirlo aquí y a servirlo allá.                                 

La tierra del Norte nos acogió

a USA el Espíritu nos llevó

Latinoamérica vive allí

y el Norte de fiesta está.

Somos una tierra nueva

que vive en ti y que vive en mí

somos testigos del Señor aquí

somos testigos del Señor allá.

Un legado de fe y amor

se esparce aquí y allá

una morada eterna nos espera

con Cristo en la eternidad.

Todos somos peregrinos en la Tierra. La nostalgia siempre nos invadirá porque como dijo San Agustín, “Nos hiciste, Señor, para Ti e inquieto estará nuestro corazón hasta que descanse en Ti”. En el proceso de este peregrinaje hemos aprendido a alabar y cantar al Señor con inmensa gratitud en tierra extraña porque sabemos que Él nos acompaña dondequiera que vayamos.

Con un corazón agradecido, entonemos el himno de esta tierra: “God bless America”, y con el Salmista cantemos el versículo 3 del Salmo 126 (125):  “Grandes cosas ha hecho el Señor por nosotros y estamos alegres!”

¡Salud Estados Unidos, tierra de inmigrantes!

 

Cruz-Teresa Rosero

Educadora