*Por Paula Katinas

Entre los 1.7 millones de objetos conservados en el Museo Nacional de Historia Estadounidense del Smithsonian se encuentra el uniforme de una niña de escuela católica de 1962.
Compuesto por un jumper azul marino, una blusa blanca de manga corta y un moño azul, esta prenda de 64 años perteneció a la Escuela Católica St. Francis Xavier, en Washington, D.C., y forma parte de la colección permanente del Smithsonian.
También forma parte de una larga tradición en la vestimenta escolar católica, afirmó Debbie Schaefer-Jacobs, curadora de la división de cultura y vida comunitaria del Smithsonian.
“Es una pieza de historia”, dijo Schaefer-Jacobs a Nuestra Voz..
Susan Laudicina, voluntaria del Smithsonian, es originaria de Bushwick y guarda gratos recuerdos del uniforme que usó en la escuela Fourteen Holy Martyrs en la década de 1950. Según dijo, ese uniforme le daba un sentido de pertenencia.
“Entendía desde niña que el uniforme tenía que ver con los valores. Daba un sentido de orgullo e identidad”, explicó Laudicina. “Mirándolo ahora desde la perspectiva de una adulta, me doy cuenta de que también tenía que ver con la economía. Éramos una comunidad trabajadora, y los uniformes ayudaban a ahorrar dinero”.
Recordó que tenía dos uniformes e iba alternándolos para poder usar uno mientras su madre lavaba el otro.
Los uniformes escolares han evolucionado a lo largo de las décadas, señaló Sally Dwyer-McNulty, profesora de historia en Marist University. A mediados del siglo XIX existían distintos tipos de escuelas católicas, entre ellas asilos para niños, escuelas de convento, escuelas parroquiales y, más adelante, escuelas administradas por las parroquias, explicó.
Fue en los asilos y en las escuelas de convento donde comenzó primero la uniformidad en la vestimenta. “Ahí es donde entra en juego la idea de una vestimenta uniforme: para establecer disciplina y disminuir cualquier diferencia económica entre los niños”, explicó.
La practicidad era la norma del día, dijo Dwyer-McNulty, autora del libro Common Threads: A Cultural History of Clothing in American Catholicism.

“Y a veces era una bata que los niños usaban; algo funcional y utilitario”, señaló.
La moda no era el centro de atención. La ropa estaba pensada para inculcar disciplina, dijo Schaefer-Jacobs.
Explicó que “fueron creados más bien como una forma de frenar la individualidad del estudiante y hacer que todos se comportaran de la misma manera; que no sobresalieran y que no sintieran envidia unos de otros”.
A fines del siglo XIX y comienzos del siglo XX, los uniformes tenían una apariencia conservadora, pero aun así reflejaban la moda de la época, explicó Dwyer-McNulty. Como ejemplo, mencionó un uniforme que encontró en su investigación: el atuendo de una alumna de Mount St. Joseph’s Academy, en Filadelfia, en 1899, un vestido negro largo hasta los pies con mangas abullonadas en los hombros y ajustadas en las muñecas.
“Por sencillo que fuera, reflejaba el estilo contemporáneo de la ropa femenina”, afirmó.
Las escuelas parroquiales existían desde hacía años, pero muchas no exigían uniformes. Eso no llegó sino hasta la década de 1920, explicó Dwyer-McNulty. La modestia era la norma del momento.
En 1928, el papa Pío XI emitió pautas sobre la vestimenta de las niñas, indicando que los escotes debían ser altos, las mangas debían cubrir los codos y las faldas debían quedar por debajo de la rodilla.
Desde la década de 1920 hasta la de 1940, uno de los uniformes más populares fue el “Peter Thomson”, un vestido diseñado por Thomson, un sastre de Filadelfia, basado en el traje de marinero. En la década de 1940, el jumper en línea A comenzó a ganar popularidad.
Durante ese período, la vestimenta habitual de los niños incluía camisa, chaqueta y pantalones bombachos.

Cuando muchas personas piensan en los uniformes de las escuelas católicas, probablemente imaginan faldas plisadas de tela escocesa. Los patrones escoceses hicieron su debut a comienzos de la década de 1950, en parte gracias a fabricantes de ropa que buscaban vincular las escuelas católicas con las tradiciones irlandesas y celtas.
“El período posterior a la Segunda Guerra Mundial, y especialmente durante la década de 1960, es realmente cuando vemos la llegada de la tela escocesa”, explicó Dwyer-McNulty.
Para cuando llegó la década de 1970, los cambios en la sociedad dieron lugar a códigos de vestimenta más relajados, entre ellos la autorización para que las niñas usaran pantalones largos. También fue en esa época cuando la lana, el lino y el algodón dieron paso al poliéster. “Era fácil de lavar y usar”, dijo.
En años recientes, las camisas tipo polo con el logotipo de la escuela se han vuelto más comunes.
Sin embargo, el jumper y la falda no han desaparecido del panorama. Muchas escuelas todavía los exigen.
Laudicina dijo que se alegra de que los uniformes no hayan desaparecido.
“Son un signo de unidad. Les dice a los estudiantes que todos están juntos en esto y que todos son iguales”, añadió.

