Análisis

Iglesia y Eucaristía

Al desarrollar la doctrina sacramental el Catecismo nos brinda  el siguiente título: La Eucaristía, fuente y cumbre de la vida eclesial [Apartado I CEC 1324-1327]. El mismo, contiene una afirmación tomada de Lumen Gentium: “La Eucaristía es <<fuente y cima de toda la vida cristiana>>(LG 11). Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua (PO 5)” (CEC 1324). Todavía el Vaticano II, en la Constitución sobre la Liturgia, nos ofrece otro texto que el Catecismo no recoge: “La liturgia es la cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza” (SC 10). Por último, la Instrucción de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Eucharisticum Mysteryum, nos recuerda que no sólo se trata de fuente y cumbre, sino también de centro: “El misterio eucarístico es, sin duda, el centro de la liturgia sagrada y, más aún, de la vida cristiana” (EM 6). Eucaristía, vida cristiana e Iglesia son, así, realidades entre sí íntimamente ligadas y que se implican y reclaman mutuamente.

La Eucaristía aparece, de este modo, como la manifestación más significante de la Iglesia ya que, en ella y por ella, tiene lugar la plena integración del Cristo individual en el Cristo Total que  comprende cabeza (Cristo) y cuerpo (Iglesia). La doctrina del Cristo Total, cabeza y cuerpo, que tiene fundamento en San Pablo (cf. Ef. 1, 22-23; Col 1, 18) ha tenido un amplio desarrollo en la teología de los Padres de la Iglesia. Tomando pie en este principio podemos afirmar –  con la Tradición – que la Iglesia hace la Eucaristía pero, también,- y más profundamente – que la Eucaristía hace la Iglesia. Detengámonos, un momento, en este tema para profundizarlo y sacar del mismo las consecuencias para nuestra vida espiritual, eclesial y moral.

La Iglesia hace la Eucaristía

La Eucaristía es el mayor don de Cristo a su Iglesia; por lo tanto no hay Eucaristía sin Iglesia, es decir, sin una “asamblea” convocada por el mismo Dios para celebrarla”. Las acciones litúrgicas, en efecto, no son acciones privadas sino celebraciones de la Iglesia que es “sacramento de unidad” (LG 1), esto es, pueblo santo, congregado y ordenado bajo la dirección de los obispos. La celebración de la Misa – explica el Misal Romano – es la acción de Cristo y del Pueblo de Dios ordenado jerárquicamente” (OGMR 1). Todos participan y, cada cual, ministro o fiel, al desempeñar su oficio, hará todo y sólo aquello que le corresponde según la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas” (SC 28). Nada de invenciones que, lejos de aumentar la devoción, desacralizan el Misterio que se celebra. Hay que recordar que, en la celebración de los sacramentos, toda la asamblea es “liturgo”, cada cual según su función, pero en “la unidad del Espíritu” que actúa en todos. Esto es, brevemente expresado, lo que quiere decir la afirmación clásica “la Iglesia hace la Eucaristía.

Mons. Thomas J. Olmsted, obispo de Phoenix, emitió una carta pastoral el 28 de enero de 2021, titulada “Oh fiesta sagrada” destinada a reforzar la fe de los católicos en la presencia real de Cristo en la Eucaristía. (Foto CNS / Jesus Valencia, Catholic Sun)

La Eucaristía hace la Iglesia

Esta expresión significa que la Iglesia no solamente es “sujeto que celebra” sino también “objeto [realidad] celebrado”. La Eucaristía “hace” la Iglesia porque la hace “una” y “única”. San Pablo expresa hermosamente esta realidad escribiendo a los corintios: “Uno es el pan (Cristo) y por eso formamos todos un solo cuerpo, porque participamos todos del mismo pan” (1 Cor. 10,17). Así, este “hacernos uno” queda expresado de modo “objetivo” en y por la misma celebración.

El Catecismo, por lo demás, presenta un párrafo (1396) con este título: La unidad del Cuerpo Místico: La Eucaristía hace la Iglesia y, en el mismo, cita un texto de San Agustín en el que nos detendremos para destacar su riqueza “ Si vosotros mismos sois Cuerpo y miembros de Cristo, sois el sacramento que es puesto sobre la mesa del Señor [nótese lo que afirma (!) : nosotros mismos somos el sacramento] – y continúa – y recibís este sacramento” [ es decir, recibimos el sacramento que somos nosotros mismos. Nos recibimos a nosotros mismos pero como realidad sacramental transformada “en” y “por” Cristo]. Y concluye: “Respondéis “amén” (es decir “sí”, “es verdad”) a lo que recibís, con lo que, respondiendo, lo reafirmáis”. Pero, el gran Agustín, no concluye ahí, sino que saca la consecuencia  para la vida concreta: “Oyes decir “el Cuerpo de Cristo”, y respondes “Amén”. Por lo tanto, sé tú verdadero miembro de Cristo para que tu “amén” sea también verdadero” (S. Agustín. serm. 272). Esta es una invitación expresa a unir Eucaristía y vida cotidiana del cristiano. Si no hago realidad en mi vida lo que afirman mis labios respecto a mi unidad con Cristo [y con los hermanos], mi “amén”, al recibir a Cristo en la comunión, tampoco es verdadero; quedaría en un rito externo, que no me implica ni compromete. En este texto se ve de modo claro que, como hemos afirmado ya al comienzo, Eucaristía, Iglesia y vida cristiana son realidades que se implican y reclaman mutuamente.

Se comprende, así, la tristeza que produce el abandono de la Misa dominical por parte de muchos creyentes, débiles en la fe y arrastrados por el creciente secularismo que nos hace olvidar la trascendencia y, ante todo, a Dios mismo. La Eucaristía es la fuente de la espiritualidad y el testimonio cristianos. Ella se prolonga en la oración que alimenta, a su vez, la vida y la acción. Es necesario tomarse el tiempo para Dios, como hacía Jesús cuando dejaba no solamente las multitudes sino hasta sus mismos discípulos para el diálogo con el Padre. Pero hoy parece a muchos que debe haber un primado de la acción y, así, vivimos apurados y dispersos. Necesitamos el silencio que nos lleva a descubrir la presencia de Dios en nuestra vida. La Iglesia, por el bien de los fieles y de la humanidad, debe hacer presentes hoy – de manera renovada –  los pilares de la tradición cristiana que sostuvieron – y deben seguir sosteniendo – la cultura de occidente y nunca, por ningún motivo, acomodar el Evangelio, la fe, la liturgia, al devenir siempre fugaz de la cultura que corre en dirección contraria.

Para concluir quisiera citar, todavía otra vez, a San Agustín quien, a propósito de la relación entre liturgia y vida, en su Comentario al Salmo 38 escribe “cuando estamos en la Iglesia alabamos a Dios y, cuando volvemos a casa, parece que dejamos de alabarlo […] pero si no cesamos en la buena conducta, alabaremos continuamente a Dios […] – y concluye – Si nunca te desvías del buen camino, aunque calle tu lengua, habla tu conducta; y los oídos de Dios atienden a tu corazón. Pues, del mismo modo que nuestros oídos escuchan nuestra voz, así los oídos de Dios escuchan nuestros pensamientos”.

La íntima relación entre Iglesia, Eucaristía y vida, ha sido una verdad para todos los tiempos. Pero en nuestra cultura es, hoy, particularmente necesaria si pretendemos ser “una Iglesia en salida” que lleve a cabo una evangelización realmente eficaz.