Análisis

Necesidad de la Iglesia para la salvación

Comencemos con el término: ¿qué significa Iglesia? El Catecismo afirma: La palabra “Iglesia” [“ekklèsia”, del griego “ek-kalein”- “llamar fuera”] significa “convocación” y designa asambleas del pueblo (Hech 19, 39) […] Dándose a sí misma el nombre de “Iglesia” [entiende que en ella] Dios “convoca” a su pueblo desde todos los confines de la tierra (CEC 751). En el lenguaje cristiano la palabra “Iglesia” designa no solo la asamblea litúrgica, sino también la comunidad local o toda la comunidad de los creyentes. Estas tres significaciones son inseparables de hecho. La “Iglesia” es el pueblo que Dios reúne en el mundo entero (CEC 752).

No sorprende, entonces, que el mismo Catecismo señale, como una de sus “notas”[propiedades] que ella no es solamente “una” [en sentido de única], “santa” y “apostólica”, sino también “católica”, y que aclare: “La palabra “católica” significa “universal” en el sentido de “según la totalidad” [presente en todo el mundo] y “según la integridad” [ ella – y sólo ella – posee la integralidad de los “medios de salvación] (CEC 830). Más aún “es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf. Mt 28, 19) (CEC 831).

En este sentido Lumen Gentium, al tratar en el capítulo II del “Pueblo de Dios”, en el último párrafo – de transición hacia los siguientes – referido a la “Catolicidad”(LG 13), afirma “Todos los hombres son llamados a esta unidad católica del Pueblo de Dios, que simboliza y promueve la paz universal, y a ella “pertenecen” [nn.14-15] o “se ordenan de diversos modos” [n.16], sea los fieles católicos [n. 14], sea los demás creyentes en Cristo [n. 15], sea también todos los hombres en general [n.16], por la gracia de Dios llamados a la salvación (LG 13). Para decirlo en una palabra: La Iglesia era ya católica el día de Pentecostés; Cristo la envió como instrumento de salvación a todos los hombres de todos los pueblos.

De entre ellos hay algunos que ya son católicos, otros que creen en Cristo pero están en otras Iglesias o Comunidades cristianas, y otros que todavía no creen en Cristo pero que están “ordenados” [orientados aun sin saberlo] a ella: para la Iglesia nadie es un extraño. Como vemos, cuando hablamos de necesidad de la Iglesia para la salvación, entendemos que es necesario pertenecer [más o menos explícitamente] a la misma para alcanzar la salvación. Digámoslo claramente: nadie se salva sin la mediación de Cristo y quien es salvado pertenece [aun de modo invisible] a la Iglesia. Conviene recordar estos principios porque crece la tendencia a afirmar – en contra de la doctrina tradicional – que la mediación de Cristo [y más aún la de la Iglesia] son innecesarias. En este supuesto Cristo sería meramente una “figura” equivalente a otras figuras religiosas de cualquier procedencia. Ciertamente cada uno podrá salvarse si de buena fe – y por Ignorancia de Cristo – practica otra religión o bien si no practica ninguna. Pero si se salva, lo hace (aun sin saberlo) por Cristo ya que fuera Cristo y de su Iglesia no hay salvación posible.

Con estos supuestos detengámonos en la pertenencia a la Iglesia [que puede ser “más plena” o “menos plena”] con la cual Lumen Gentium da un gran paso, porque supera el dilema “pertenece” o “no pertenece” abriendo la puerta a una cierta gradualidad en la pertenencia que, sin negar un ápice de la identidad de la fe apostólica y tradicional, alienta al ecumenismo y al diálogo interreligioso practicados según verdad y de acuerdo a los principios emanados de los correspondientes documentos del propio Vaticano II – no siempre respetados – : Unitatis Redintegratio [Decreto sobre el Ecumenismo]  y Dignitatis Humanae [Declaración sobre libertad religiosa] y, sobre todo, Nostra Aetate [ Relación con las religiones no cristianas] (cf. especialmente n.2, párrafo 2).

Detengámonos todavía un poco en el párrafo dedicado en Lumen Gentium a “Los fieles católicos (LG 14)”. Allí se afirma, en primer lugar, fundados en la Sagrada Escritura y en la Tradición [las dos fuentes de la Revelación], que “esta Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación” y da tres motivos: 1)  “El único Mediador y camino de salvación es Cristo” [=sin Cristo no hay salvación]; 2) “Cristo se hace presente en su Iglesia”; 3) “Él mismo, al inculcar con palabras explícitas la necesidad de la fe y el bautismo (cf. Mc 16,16; Jn 3,5) confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia”. Por lo tanto “no podrían salvarse aquellos hombres que, conociendo [=siendo conscientes] que la Iglesia Católica fue instituida por Dios a través de Jesucristo como necesaria, sin embargo, se negaran a entrar o a perseverar en ella”.

Resta pues, determinar quiénes pertenecen plenamente a la Iglesia. La respuesta de Lumen Gentium es clara: “A esta sociedad de la Iglesia están incorporados plenamente quienes, poseyendo el Espíritu de Cristo [= están en gracia de Dios], aceptan la totalidad de su organización y todos los medios de salvación establecidos en ella, [nótese que las condiciones recaen sobre las dos dimensiones de la Iglesia: la invisible [gracia] y la visible [medios de salvación].

Pero – todavía – insiste para dejar todo más claro: la incorporación plena exige “en su cuerpo visible [el de la Iglesia] estar unidos a Cristo [=no basta la sola unión interior], el cual la rige por el Sumo Pontífice y los obispos, por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del gobierno y de la comunión eclesiástica”. La visibilidad, en consecuencia, tiene que ser total: hay que estar visible y completamente en la comunión eclesiástica.

Pero a esto agrega el texto algo fundamental: “no se salva, sin embargo, aunque esté incorporado a la Iglesia, quien, no perseverando en la caridad [=en pecado mortal], permanece en el seno de la Iglesia <<en cuerpo>>, pero no <<en corazón>>”. La afirmación es de San Agustín quien está citado a pie de página. La Iglesia nunca negó que los pecadores pertenecieran a ella, pero el pecado cae fuera de la Iglesia. Lo que los mantiene en su seno no es la caridad [=gracia], que perdieron por el pecado, sino la fe y la esperanza que conservan y los puede reconducir a la reconciliación y, así, a la plena pertenencia.

El párrafo culmina con una exhortación a los católicos con dos claras afirmaciones: 1) la condición de plena pertenencia de la que gozan los católicos no se debe a sus méritos sino a “una gracia singular de Cristo”; 2) si no responden a esa gracia “con pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad” (LG 13).

Termino con una referencia – en tono coloquial – que el Papa Benedicto XVI hace al periodista Peter Seewald quien le preguntaba quienes, realmente, pertenecían la Iglesia. El Papa responde: se trata de un tema teológico muy profundo que no puedo desarrollar ahora, pero hay que tener sumo cuidado porque algunos parece que están dentro y, en realidad, están fuera y otros que parecen estar fuera y, en realidad, están dentro.

En otros términos, los que están en gracia [tienen el Espíritu de Cristo], aunque no conozcan a Cristo y con mayor razón los que pertenecen a otras confesiones cristianas, están más plenamente incorporados que el pecador. Todavía hay muchos hombres y pueblos a quienes no se ha anunciado el Evangelio y que, siguiendo su conciencia, se salvan; pero no se salvan sin Cristo y pertenecen de modo oculto pero real a la Iglesia.

Quiera Dios que la conciencia de la gravedad de este tema nos impulse —como nos pide el Papa Francisco— cada día más a la misión porque cada hombre tiene derecho a conocer a su Salvador y Redentor. La vocación a la salvación genera, de parte de la Iglesia, la obligación de anunciar y confesar abiertamente a Cristo, con la predicación y el testimonio que la acredita. No sin razón el capítulo II de Lumen Gentium culmina con un párrafo dedicado al carácter misionero de la Iglesia (cf. LG 17).

MONS. ZECCA es Arzobispo emérito de Tucumán, Argentina y Arzobispo titular de Bolsena.

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