Columna del Obispo

Jubileo de oro: entre la reflexión y la celebración

QUERIDOS HERMANOS Y HERMANAS EN CRISTO:

Los jubileos en la vida sacerdotal y religiosa marcan acontecimientos importantes que sin duda merecen una celebración. Desafortunadamente este año, a causa del coronavirus, las festividades se han quedado en un plano personal y han sido bastante apagadas. Sin embargo, en el otoño esperamos poder celebrar de una manera más formal nuestros jubileos como sacerdotes, religiosas y religiosos. Yo mismo espero poder celebrar mi 50 aniversario de ministerio sacerdotal. Pero el futuro es impredecible y no sabemos si este coronavirus podría volver a perseguirnos otra vez.

Hoy, al conmemorar nuestros días de jubileo, reflexionamos sobre el compromiso que hemos hecho y mantenido durante tantos años. Me plantearía una serie de preguntas personales y para mis compañeros jubilares sobre de qué se trata exactamente nuestra vida religiosa y nuestro compromiso.

Primero, ¿cómo y por qué hicimos el compromiso? ¿Han cambiado nuestras razones por haber entrado al servicio de Dios en el sacerdocio o la vida religiosa? ¿Han madurado nuestras motivaciones? A estas alturas, ¿vemos las cosas de manera diferente, tal vez más claras que al comienzo de nuestro ministerio? Por ejemplo, el sacerdocio que surgió del Concilio Vaticano II es diferente de lo que es hoy. Y lo mismo sucede con la vida religiosa, donde los apostolados de otros tiempos han dado paso a diferentes tipos de servicio. El cambio constante es parte de la naturaleza humana y también se ha convertido en parte integral de la vida de la Iglesia.

Mons. Nicholas DiMarzio, junto con el obispo auxiliar Mons. Octavio Cisneros, encendiendo las antorchas para las procesiones de la Carrera Guadalupana después de la misa de Nuestra Señora de Guadalupe en la Concatedral de San José en el 2018.

Posiblemente otra pregunta sobre la que podamos meditar es por qué mantuvimos nuestros compromisos. ¿Cuáles fueron mis razones personales? ¿Qué conflictos tuve que enfrentar? Quizás, lo más importante, ¿cómo me fue concedida la gracia de la perseverancia? ¿Quién me ayudó en el camino? ¿Y por qué he sido fiel a este compromiso durante tanto tiempo? Quizás atravesamos una etapa de querer renunciar a nuestro compromiso. ¿Por qué me pasó por la mente ese pensamiento? ¿Fue ese pensamiento una tentación pasajera, o fue una oportunidad para volver a encomendarme con más fervor por el compromiso que un día hice?

Creo que el tiempo de jubileo es un tiempo de reflexión y celebración, y un tiempo de agradecimiento, no solo para nuestros sacerdotes, religiosas y religiosos, sino también para nuestros laicos. Porque son ustedes, los laicos, a quienes servimos, y son ustedes quienes nos apoyan en la vocación que seguimos en la Iglesia de Cristo para su beneficio. Desafortunadamente, hoy seguimos necesitados de vocaciones para servir, como Dios manda, a los feligreses de nuestra Diócesis en Brooklyn y Queens. Es posible que nunca alcancemos el número de sacerdotes y religiosos que teníamos en el pasado, sin embargo, todavía necesitamos un número adecuado de sacerdotes y religiosos para mantener la vida de la Iglesia.

Esto es especialmente necesario en la celebración de los sacramentos y también en el reflejo de la Iglesia, que es tanto masculina como femenina. Se han desarrollado nuevos ministerios a partir del diaconado permanente. Vemos cómo esto ha ayudado a la vida de la Iglesia. Sin embargo, debemos reconocer que es nuestra responsabilidad orar y apoyar las vocaciones, a medida que las vemos crecer en aquellos que han sido llamados por Cristo. Nosotros no podemos otorgar una vocación, pero sí podemos rezarle al Señor de la Cosecha para que Él nos provea las vocaciones que necesitamos para recoger la cosecha que ha sembrado.

Únanse a mí, mientras todos remamos mar adentro por muchos años más de servicio. Para quienes sabemos que es el cuarto período del partido, podríamos decir que es el momento en que resumimos nuestros años de compromiso y podemos reconocer las gracias que hemos recibido del Señor por 25, 50, 60 o quién sabe cuántos años más. Creo que la mayoría de las veces, cuando llegamos a este punto de nuestras vidas, decimos: “No sé cómo el tiempo ha pasado tan rápido, ¡mi vida entera ha quedado atrás!”. ¿Y qué podemos decir? ¡No podemos decir nada más que gracias a Dios! Gracias por mi vocación. Gracias por la oportunidad de servirle y servir a mis hermanas y hermanos en la vida de la Iglesia. Continuamos, decimos, y oramos juntos, por esa gracia de la perseverancia, porque nuestro compromiso nos traerá la felicidad que Dios desea para cada uno de nosotros.