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La sorprendente afinidad de San Romero y San Pablo VI por el Opus Dei

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ROMA—. Sin lugar a dudas, las superestrellas entre las siete personas canonizadas por el Papa Francisco en septiembre fueron el Papa Pablo VI y el Arzobispo Óscar Romero de El Salvador, y de cierta forma ambos pueden parecer tipos de santos muy diferentes.

Pablo VI era un habilidoso obispo de la curia vaticana, en gran medida un hombre del sistema; Romero, por otro lado, un cura pueblerino asesinado por defender a los pobres.

San Pablo VI y San Romero en una foto de archivo. (CNS/Equipo Maiz, courtesy CAFOD, Just One World)

Sin embargo, hay muchas cosas que los vinculan, empezando por el hecho de que fue Pablo VI quien hizo a Romero obispo y luego lo transfirió a San Salvador, preparando el escenario para el resto de su dramática vida y muerte.

Aparte de estas conexiones obvias, hay otra más oscura, y en realidad revela algo importante acerca de la Iglesia Católica: ambos hombres también fueron admiradores, cada uno a su manera, del Opus Dei.

El Opus Dei es, por supuesto, la institución (técnicamente una “prelatura personal”) fundada por el español San José María Escrivá en 1928, que incorpora sacerdotes y hombres y mujeres laicos. Si bien su idea central es ver el trabajo cotidiano y ordinario de una persona como un camino personal hacia la santidad, que es, por decirlo así, un concepto apenas cargado de ideología, a lo largo de los años se ha visto como una fuerza predominantemente conservadora dentro del catolicismo, por lo que lo menos que uno espera es que tanto Romero como Paul VI, dadas su reputaciones públicas, se encuentren en la lista de admiradores.

Sin embargo, Romero casi agotó todas las maneras de manifestar su estima.

Esto es lo que escribió en su diario el 6 de septiembre de 1979: “El Opus Dei realiza una obra silenciosa de profunda espiritualidad entre las personas que trabajan, los estudiantes y los trabajadores. Creo que es un tesoro inconmensurable para nuestra Iglesia; la santidad del trabajo para los laicos, cada uno desde su profesión”.

Es bien conocido que el confesor personal de Romero durante casi 15 años fue siempre un sacerdote del Opus Dei, primero el padre Juan Aznar y luego el padre Fernando Sáenz, quien reemplazaría a Romero como arzobispo de San Salvador tras su muerte. (En los círculos católicos, para aquellos que no lo saben, el clero del Opus Dei generalmente goza de buena reputación como confesores escrupulosos).

El 12 de julio de 1975, después de la muerte de Escrivá, Romero escribió a Pablo VI para pedirle, “en nombre de la mayor gloria de Dios y el bienestar de las almas”, que se abra una causa para la beatificación de Escrivá.

En dicha carta, Romero expresó “profunda gratitud hacia los sacerdotes del Opus Dei, a quienes he confiado, con mucha fructificación y satisfacción, la dirección espiritual de mi propia vida y la de mis sacerdotes. (…) Monseñor Escrivá, a quien conocí personalmente, podría entrar en un diálogo continuo con el Señor, con gran humanidad. Inmediatamente se me hizo evidente que era un hombre de Dios, su comportamiento estaba lleno de delicadeza, afecto y buen humor”.

Jesús Delgado, el sacerdote que fuera secretario de Romero, dijo una vez en un evento en Roma que, contrario a la impresión popular, los libros sobre el Opus Dei propiedad de Romero estaban bien usados, mientras que su colección sobre teología de la liberación estaba básicamente intacta. (Delgado fue expulsado del sacerdocio hace dos años por cargos de abuso sexual, pero eso no necesariamente impugna su memoria de las preferencias literarias de Romero).

De hecho, Romero pasó la mañana del 24 de marzo de 1980, día en que fue asesinado, en un retiro del Opus Dei, y una de sus formas favoritas de pasar parte del fin de semana en San Salvador era reuniéndose con los jóvenes del Opus Dei.

En cuanto a Pablo VI, la historia es un poco más complicada.

Según un alto funcionario del Opus Dei, Escrivá siempre decía que Monseñor Giovanni Battista Montini, el futuro Papa Pablo VI, había sido “el primer amigo del Opus Dei en Roma” durante el período en que Montini era el sostituto o “sustituto” de Papa Pío XII en los años 30 y 40.

Sin embargo, son legendarias la negativa del Papa Pablo VI de conceder audiencia a Escrivá durante las últimas etapas de su pontificado y también su rechazo a las solicitudes del Opus Dei para revisar la cuestión de su estatus canónico. (El Opus Dei quería una categoría canónica que protegiera su identidad única como un cuerpo mixto de clérigos y laicos, hombres y mujeres, algo que no sucedió hasta 1982 bajo el papado de Juan Pablo II).

Los entendidos atribuyen ese enfriamiento en las relaciones con Escrivá a la influencia de Monseñor Giovanni Benelli, principal asesor del Papa, que más tarde se convertiría en cardenal. Actuando a instancias de Pablo VI, Benelli deseaba modelar un partido político católico en España a imagen de la democracia cristiana italiana que ejerciera el liderazgo en una España postfranquista. Escrivá se negó a dejar reclutar al Opus Dei, creyendo que un solo partido católico podría no ser una buena idea para la Iglesia, y alegando, además, que él no podía dictar las decisiones políticas de sus miembros. Benelli tomó esto como una indicación de deslealtad.

Incluso Benelli, sin embargo, dijo una vez que lo que San Ignacio de Loyola, fundador de los jesuitas, fue para el Concilio de Trento del siglo XVI, lo había sido Escrivá para el Concilio Vaticano II, es decir, el santo que tradujo el concilio a la vida de la Iglesia.

En cuanto a Pablo VI, independientemente de sus acciones como papa, sigue siendo un hecho que usó los escritos de Escrivá en su oración privada, y también nombró al padre Álvaro Portillo, quien luego sucedería a Escrivá como jefe del Opus Dei, para varias comisiones clave del Concilio Vaticano II durante los cuatro años que estuvo sesionando.

Todo esto sugiere quizás dos cosas.

La primera es que Romero y Pablo VI tenían mentes lo suficientemente expansivas y corazones lo suficientemente grandes como para no ser rehenes de la dinámica divisionista izquierda vs. derecha que a menudo atormenta la vida católica, y pensar en términos más profundos y creativos sobre lo que es verdaderamente importante.

La segunda, que hay una parte del legado de ambos hombres del cual la Iglesia, a menudo dividida, de principios del siglo XXI, podría beneficiarse al reflexionar hoy, viendo como el Papa Francisco inscribe a ambos en la lista de santos de la Iglesia.