Caminando con los inmigrantes

“Los Miserables” y las cuestiones morales detrás de la migración

*Por Mons. Nicholas DiMarzio

Mons. Nicholas DiMarzio es obispo emérito de la diócesis de Brooklyn, continúa su investigación sobre la migración indocumentada en los Estados Unidos.

Durante unas vacaciones recientes, leí Los Miserables de Victor Hugo.

Hugo fue verdaderamente un poeta y un filósofo. Los Miserables llegó a convertirse en una de sus obras más populares gracias a su presentación musical en Broadway y más tarde como película. Narra varias historias de la vida, con cuestiones morales distintas y complejas que necesitan resolución.

Las palabras les misérables aparecen solo una vez en todo el libro. Es una descripción de los pobres que buscaban justicia, no necesariamente una revolución, sino simplemente lo básico para la vida. Les misérables es difícil de traducir, pero significa aquellos que se encuentran en una situación muy difícil; el diccionario francés explica con mayor amplitud el término.

Cuando yo era un niño, le pregunté a mi abuelo paterno por qué había venido a Estados Unidos desde Italia, y me respondió con dos palabras: “la miseria”.

Comprendí el significado por la descripción que mis abuelos hacían de la vida en Italia a comienzos del siglo pasado.

No había trabajo, no había educación y había poca comida. Por eso la Gran Migración de comienzos del siglo pasado trajo a les misérables a Estados Unidos desde distintos lugares de Europa. El flujo de los no deseados fue detenido por la racista Ley de Inmigración de 1924.

Los nuevos inmigrantes de hoy vienen por las mismas razones que aquellos de la Gran Migración.

Hay pocas oportunidades de trabajo en sus países, pocas oportunidades de educación para sus hijos, además de otras privaciones. Las escenas de redadas contra inmigrantes en Minneapolis y en otras ciudades de Estados Unidos ciertamente nos recuerdan los disturbios por comida descritos en Los Miserables. Los nuevos migrantes se integran rápidamente por medio del trabajo. Por eso han venido a Estados Unidos: para trabajar, contribuir y encontrar una nueva vida para ellos y para sus hijos. El acceso a beneficios sociales, que son pocos en el caso de los indocumentados, no es más que un acto de justicia para quienes reciben salarios bajos.

Si hubiéramos vigilado los lugares de trabajo, como se prometió en el programa de legalización de 1986, no habríamos necesitado reforzar la frontera. El lugar de trabajo es donde comienza el problema y donde puede resolverse. Los trabajadores indocumentados seguirán llenando vacíos laborales mientras nuestra economía dependa de empleos de bajos salarios.

Las tácticas brutales exhibidas por ICE en Minneapolis y en otros lugares, que terminaron con la muerte de dos manifestantes inocentes, son innecesarias.

Estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, con un arma y dentro de un automóvil, porque consideraban que defendían una causa justa. No merecían la pena de muerte.

En un artículo anterior, mencioné las redadas migratorias y las invasiones a centros de trabajo de la década de 1970, que causaron daño tanto a los agentes de inmigración como a los migrantes. Hay mejores maneras de controlar a nuestra población no registrada. No registrada legalmente, aunque la mayoría paga seguro social e impuestos. En el lugar de trabajo, algunos se han convertido en les misérables, y a veces son tratados injustamente.

Lo que aprendimos de la legalización de 1986 es que sí es posible regularizar a los trabajadores que viven entre nosotros y darles la justicia que les corresponde por sus contribuciones ganadas con esfuerzo y trabajo duro.

La enorme cantidad de dinero que se está gastando en medidas de control podría destinarse fácilmente a un programa masivo de legalización.

Podríamos registrar a todos los que están trabajando y detectar con mayor facilidad el elemento criminal. En el libro Los Miserables, los elementos revolucionarios que participaron en las manifestaciones ni siquiera comprendían las causas por las que arriesgaban la vida. Pero sí veían una injusticia que necesitaba una solución.

La manera estadounidense de protestar proviene de nuestros derechos constitucionales. Creemos en la justicia tal como la definen nuestras leyes.

Y si no nos gustan las leyes en una democracia constitucional, podemos cambiarlas pacíficamente.

No podemos reprimir la oposición con brutalidad contra los indocumentados o contra quienes deciden defenderlos.

Si nos tomamos el tiempo para comprender las causas profundas de nuestra población inmigrante trabajadora, entenderemos mejor las soluciones. En 1924, leyes racialmente sesgadas bloquearon a ciertos grupos de migrantes, concretamente a los del sur y del este de Europa.

Hoy, los no deseados están siendo castigados mediante la cancelación de su anterior estatus legal y la deportación.

Todo problema social tiene algún contenido moral, pero parece que solo los poetas y los filósofos pueden discernir posibles soluciones a nuestros problemas humanos, mientras que los legisladores se muestran reacios a colaborar para encontrarlas.