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Memoria del horror: salvadoreños superan masacre con fe

Cuando uno de ellos entra al cuarto, se siente la hermandad, la alegría, como entre familiares que no se han visto desde hace mucho tiempo. No parecería que un evento trágico de hace 40 años los une.

Felipe Tobar perdió a su tío, un hombre alto y tranquilo a quien “le gustaba ir a misa”. Miriam Ayala perdió a su hermana de 16 años con quien cantaba en una hamaca. A ella le dispararon ese mismo día y su cuerpo fue arrastrado por el río.

Cuando empezaron a reunirse hace casi 10 años —recuerda Julio Rivera— fue como si siempre se hubieran conocido, aunque para la mayoría de ellos, su historia en común fue sobrevivir una masacre donde más de 600 niños fueron asesinados o arrastrados a su muerte en un río por las fuerzas gubernamentales de El Salvador y Honduras, los dos países que atraviesa el cuerpo de agua conocido como el Sumpul.

Alguno de ellos, como Rivera, que apenas tenía 8 años en ese entonces, acompañado por su padre de 60, logró esquivar las balas y cruzar las aguas del Sumpul. Para entonces, su madre y todos sus hermanos habían sido asesinados; él y su padre eran los únicos sobrevivientes de la familia.

El lugar donde vivía la familia Rivera, en el departamento de Chalatenango, es una región rural en la parte más al norte de El Salvador, donde los funcionarios gubernamentales regularmente realizaban brutales ataques contra la población campesina, matando, violando y saqueando, con la justificación de que los residentes estaban involucrados en actividades subversivas o simpatizaban con subversivos.

La masacre del Río Sumpul no fue la única masacre que Rivera y otros del grupo lograron sobrevivir, solo que esta fue la más brutal.

Se dice que Chalatenango ha sido el escenario de más de 50 masacres parecidas durante el conflicto civil que duró 12 años en el país y casi todos los sobrevivientes chalatecos de la masacre del Sumpul perdieron familiares en otros ataques. La masacre del Río Sumpul, no obstante, es la más conocida en el departamento, aunque poco se habla de ella a nivel nacional porque —incluso en la actualidad— su lejana ubicación (en lo profundo de un área montañosa) hace difícil que muchos accedan al lugar donde ocurrió y donde se llevan a cabo las conmemoraciones cada año.

Bordado realizado por uno de los refugiados salvadoreños que representa descripciones de relatos contados por sobrevivientes de la masacre del río Sumpul del 14 de mayo de 1980.

Los sobrevivientes cuentan que el 13 de mayo de 1980, un día antes de la masacre, cientos de soldados armados en el lado salvadoreño del río empezaron a invadir los pueblos alrededor del Sumpul, movilizando a los aterrados residentes hacia el río, hacia la zona desmilitarizada conocida como Las Aradas, un caserío en la ribera del río donde la gente regularmente acudía a buscar refugio.

Mientras tanto, los soldados del lado hondureño empezaron a rastrear en busca de salvadoreños que habían estado escondidos en la maleza cerca de su zona fronteriza, acorralándolos también hacia el Sumpul. A las 7 a.m. del día siguiente, cuando los soldados de ambos lados habían rodeado a un gran grupo de campesinos en un perímetro, los acribillaron. Algunos murieron por las balas, ya que el asalto incluyó un ataque desde dos helicópteros con soldados disparando desde arriba y miembros de un grupo paramilitar en el terreno, recuerdan los sobrevivientes. Algunas víctimas, incluyendo muchos niños, se ahogaron en el río porque no sabían nadar y se los llevó la corriente.

Cuando Rivera y su padre lograron esconderse entre la maleza cerca del río, su escondite se convirtió en un lugar de donde presenciar “la barbaridad de la masacre”, dice.

Recuerda que veía a los soldados ordenando a los hombres en fila y luego disparando contra ellos. Los niños eran arrebatados de los brazos de sus madres y algunos bebés lanzados al aire y asesinados con bayonetas cuando venían cayendo. Podían escuchar los gritos de las mujeres, llorando, pidiendo clemencia, diciendo: “mátenme a mí, pero no a nuestros hijos,” cuenta Rivera durante una entrevista con Catholic News Service (CNS).

Desde el lugar donde estaba escondido con su padre, dice que vio perros a la distancia y quedó horrorizado al notar que algunos estaban, junto a los buitres que descendieron sobre el río, mordiendo restos humanos.

“Todo aquello era muertos, muertos y muertos”, es lo que Rivera recuerda de ese día.

Cuarenta años después de la masacre, nadie ha sido llevado a la justicia por los crímenes.

“A veces me desmoralizo”, dijo Rivera, pero luego recuerda el sufrimiento de san Óscar Romero, el primer santo de El Salvador. El santo recibió un disparo mortal mientras celebraba la misa el 24 de marzo de 1980, siete semanas antes de la masacre.

“Los que tenemos fe, tenemos esa ventaja”, dice. “Nos agarramos de Dios fuertemente. Cuando uno lee el Evangelio y todo lo que vivió Jesús, todo lo que sufrieron los apóstoles, todo lo que tuvieron que pasar nuestros mártires como Monseñor Romero, entonces uno dice: Si ellos fueron capaces de salir adelante, yo también tengo que salir adelante. Si ellos pudieron superar todas esas dificultades con la ayuda de Dios, yo también puedo. Si ellos supieron sobreponerse a todas estas dificultades con la ayuda de Dios, yo también”.

Entonces la fe, “es un bastón fuerte en el que me apoyo”, dijo y “realmente me ayuda a sobreponerme a esta realidad”.

Sufrir le ha enseñado a poner en práctica la solidaridad, afirma. En un mal momento después de la masacre, Rivera recuerda que tenía tanta hambre que cuando encontraron unos pedazos de pan en la calle, le tiró algunos palos a una jauría de perros hambrientos para espantarlos, de modo que su padre y otras personas pudieran agarrar el pan para comer.

“Nos disputamos el pan con los perros y comimos con ellos”, dice. “No importa que estuviera sucio, ensalivado, revolcado en la tierra, pero teníamos hambre. Recuerdo la gran solidaridad, cuando no había comida y una vez, encontramos una laja de dulce, partirla con una piedra y compartirla con alegría, con alegría y con profunda satisfacción”.

Cuarenta años después, los sobrevivientes están contando con esa solidaridad y sus experiencias para exigir que los responsables comparezcan ante la justicia. Aunque su conmemoración anual fue pospuesta debido a la pandemia del coronavirus, estuvieron presentes en las redes sociales denunciando la verdad de lo que les sucedió a ellos y a sus seres queridos en el río ese 14 de mayo, tomando parte desde lejos en una misa que la Diócesis de Chalatenango transmitirá por radio.

“Es algo que ni uno se lo explica… el haber vivido una misma historia, el haber pasado un mismo Via Crucis, nos hacía sentir como que nos conociéramos desde siempre. Es algo bonito”, dijo Rivera. “Estamos convencidos de que si se olvida la historia, se olvidan todos los hechos que se cometieron, no cabe ni la menor duda que se vuelven a repetir”.

“Apostamos a la paz, apostamos a la justicia y eso implica saber toda la brutalidad que se vivió y apostar con todo para que esos hechos no vuelvan a cometerse… Estamos convencidos de que la reconciliación y la verdadera paz solamente son posibles si hay justicia y verdad, y eso es lo que intentamos conseguir”.