Opinion

Las promesas de la Santísima Virgen María a quienes recen el Santo Rosario

PARA LOS PADRES de la Orden de Predicadores, conocidos también como Dominicos, el Santo Rosario constituye la principal devoción mariana con la que los fieles cristianos honran a la Madre de Dios.

Como lo afirmó san Juan Pablo II en su carta apostólica Rosarium Virginis Mariae, publicada en octubre de 2002, “con él —el Santo Rosario—, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor”.

Fue san Juan Pablo II quien en 2002 entregó como regalo a la Iglesia Universal los Misterios Luminosos, rezados en el Santo Rosario cada jueves por los feligreses. Estos fueron añadidos a los Misterios Gozosos, Gloriosos y Dolorosos, últimos que fueron confiados por la Virgen a santo Domingo de Guzmán, considerado el primer gran impulsor del rezo del Rosario encadenando avemarías.

Luego de la muerte de santo Domingo en 1221 esta devoción se fue debilitando. En 1349 se extendió en Europa la peste negra y para entonces el beato Alan de la Roche, superior de los dominicos en París, donde había comenzado esta devoción, experimentó otra visión en la que aparecieron Jesús, la Virgen María y santo Domingo pidiendo que reviviera la antigua costumbre del rezo del Santo Rosario.

Fue así que el padre Alan comenzó esta labor de propagación difundiendo las quince promesas de la Santísima Virgen María a quienes recen el Santo Rosario, las cuales son:

  1. El que me sirva, rezando diariamente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida.
  2. Prometo mi especialísima protección y grandes beneficios a los que devotamente recen mi Rosario.
  3. El Rosario será un fortísimo escudo de defensa contra el infierno, destruirá los vicios, librará de los pecados y exterminará las herejías.
  4. El Rosario hará germinar las virtudes y también hará que sus devotos obtengan la misericordia divina, sustituirá en el corazón de los hombres el amor del mundo al amor por Dios y los elevará a desear las cosas celestiales y eternas. ¡Cuántas almas por este medio se santificarán!
  5. El alma que se encomiende por el Rosario no perecerá.
  6. El que con devoción rezare mi Rosario, considerando misterios, no se verá oprimido por la desgracia, ni morirá muerte desgraciada. Se convertirá, si es pecador; perseverará en la gracia si es justo, y en todo caso será admitido a la vida eterna.
  7. Los verdaderos devotos de mi Rosario no morirán sin auxilios de la Iglesia.
  8. Quiero que todos los devotos de mi Rosario tenga en vida y en muerte la luz y la plenitud de la gracia y sean partícipes de los méritos de los bienaventurados.
  9. Libraré pronto del purgatorio a las almas devotas del Rosario.
  10. Los hijos verdaderos de mi Rosario gozarán en el cielo una gloria singular.
  11. Todo lo que se me pidiere por medio del Rosario se alcanzará prontamente.
  12. Socorreré en todas sus necesidades a los que propaguen mi Rosario.
  13. Todos los que recen el Rosario tendrán por hermanos en la vida y en la muerte a los bienaventurados del cielo.
  14. Los que rezan mi Rosario son todos hijos míos muy amados y hermanos de mi Unigénito Jesús.
  15. La devoción al Santo Rosario es una señal manifiesta de predestinación a la Gloria.