Opinion

¿Existe el divorcio católico?

Un novio era interrogado en la investigación prenupcial. Mientras la novia esperaba fuera del despacho de la parroquia, el sacerdote le preguntó: “¿Tiene Ud. la intención de entrar a un matrimonio que sea para toda la vida?” El joven, que se quedó muy pensativo —quizás un poquito inseguro y nervioso—, contestó al cura: “¡Por el momento, sí!” El cura tuvo que tragar saliva antes de explicar al joven que aquella respuesta no coincidía con el carácter vitalicio —para toda la vida— del sacramento matrimonial. Luego el curita se lo dijo más claro: ¡O se casa para toda la vida o no se case!

Es evidente que en la respuesta del novio está arraigada en una mentalidad de divorcio. Por un lado, entiende la permanencia del sacramento del matrimonio; por otro, mantiene la posibilidad de su ruptura. Es común en nuestra época querer tener un poco de esto y un poco de aquello. En este caso, al final, sale un matrimonio híbrido, cuya permanencia queda a la disposición y antojos de las partes.

Por los altibajos y dificultades normales de la convivencia matrimonial, nunca van a faltar razones para divorciarse. Ése es el resultado de la mentalidad de divorcio: Si por cualquier razón se puede dar un golpe mortal al vínculo conyugal, la permanencia del vínculo no existe. Podemos preguntar, pues, ¿qué sentido tiene entonces prometer “de hoy en adelante, en la prosperidad, en adversidad, en la riqueza, en la pobreza, en la enfermedad y en la salud, hasta que la muerte nos separe”?

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Un grupo de diáconos permanentes que van a ser asesores canónicos para los que piden nulidad matrimonial, al final del seminario que les impartió monseñor Jonas Achacoso.

Una de las acepciones del verbo divorciar como está definido en el diccionario de la Real Academia Española es “disolver o separar, por sentencia, el matrimonio, con cese efectivo de la convivencia conyugal”. En este sentido de la palabra, entonces, no hay ni puede haber divorcio católico.

En cambio, hay en la Iglesia Católica un proceso que tiene como resultado el cese efectivo de la convivencia conyugal. Es el proceso judicial para la declaración de nulidad matrimonial. Es un proceso oneroso, más serio y largo. Requiere mucha paciencia. Antes de comenzar el proceso, se debe comprobar que ya se han agotado todos los medios al alcance para salvar el matrimonio. Una evidencia clara de esto es el decreto civil de divorcio.

El Tribunal eclesiástico procede entonces a investigar anomalías y violaciones del contrato matrimonial basado en testimonios y pruebas. Para conseguir pruebas materiales, se citan las partes al tribunal en días y horas diferentes para evitar así cualquier careo o escándalo. Una vez que el juez llega a una certeza moral sobre los motivos de la nulidad, emitirá una sentencia para declarar el matrimonio nulo, o sea, que nunca hubo un matrimonio. El juez, pues, no separa a los cónyuges. Lo que declara es que, en realidad, no fueron nunca marido y mujer.

Habrá que precisar, entonces, que hay dos procesos distintos: divorcio y nulidad matrimonial. Ambos tienen el efecto de terminar la convivencia conyugal. Estos dos procesos se hacen en el ordenamiento civil dependiendo de la legislación que el país tenga. En la Iglesia Católica, solamente existe el proceso de la nulidad matrimonial. No hay ni puede haber proceso de divorcio. No hay ninguna otra razón para que no exista divorcio católico más que lo que se nos ha dicho: Lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Es por eso que la respuesta del joven no puede ser aceptada. ¡O se casa para toda la vida o no se case!


MsgrJonasAchacosoMonseñor Jonás Achacoso, JCD
Vicario Judicial Adjunto, Diócesis de Brooklyn
Juez del Tribunal de la Diócesis de Brooklyn
Vicario parroquial, Reina de los Ángeles, Sunnyside, Queens