Análisis

Identidad católica y educación

Quiero dedicar este breve artículo a la educación y, más específicamente, a un tema que debe ser el centro de nuestro interés y preocupación; se trata de la “identidad católica” de nuestros centros educativos de todos los niveles, desde la escuela elemental hasta la universidad. La pregunta es, a la vez, realista e incisiva: ¿son, en verdad, “católicos” nuestros centros educativos católicos?

Parece evidente que la educación cristiana apunta a un proyecto de ser humano en el que habite Jesucristo con el poder transformador de su vida nueva. No menos evidente es que el “proyecto educativo” consta de elementos y valores que forman una constelación ordenada explícita o implícitamente.

Pero, ¡atención!, si la ordenación tiene como fundamento y término a Cristo, entonces esta educación está “recapitulando todo en Cristo” y es una “verdadera educación cristiana”; si no, puede “hablar de Cristo”, pero corre el riesgo de “no ser cristiana” (cf. Aparecida 332). “La Escuela católica está llamada a una profunda renovación.

Debemos rescatar la identidad católica de nuestros Centros educativos […] y sus proyectos deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo, con identidad eclesial y cultural, y con excelencia académica” (Aparecida 337).

Pero es necesario profundizar en el significado de la identidad, y, para ello, me detendré en un párrafo del Discurso del Papa Benedicto XVI en su Encuentro con los Educadores en la Catholic University of America, Washington D.C., el 17 de abril de 2008.

Allí el Papa evoca un principio fundamental: “la coincidencia entre la Revelación cristiana y el innato deseo de cada hombre de conocer la verdad” ya que hay, en efecto, un deseo de verdad que Dios mismo ha puesto en nuestros corazones al que la Revelación viene a responder.

Ya afirmaban los escolásticos medievales, citando a Aristóteles: Bonum est quod omnia appetunt (el bien es lo que todas las cosas apetecen); tratándose de la razón, es evidente que ella apetece y tiende a la verdad, así como la voluntad tiende al bien. Pero, “quien busca la verdad se transforma en uno que vive la fe” (cf. Juan Pablo II, Fides et Ratio 31).

En efecto, para quien anhela conocer la plenitud de la verdad, el horizonte de la verdad filosófica, metafísica, se abre siempre a un plus de inteligibilidad que no viene de la razón sino que proviene de la Revelación que nunca puede excluirse “a priori”.

Por lo mismo el filósofo no debe nunca apresurar el cierre de su sistema, por perfecto que pudiera parecer, así como el teólogo, que se basa en la Revelación, no debe pensar que sus aseveraciones son absolutamente evidentes. De ahí el importante diálogo —liberador por ambas partes— entre filosofía y teología.

Pero no se trata aquí de encontrar una verdad cualquiera sino la Verdad que no es otra que el Logos, el Verbo de Dios que es el mismo Jesucristo. Esto genera un encuentro, a la vez, personal e íntimo con el Señor.

De ahí que hable el Papa de lo que es típico de la fe: un movimiento del “yo” al “nosotros” que es el “pueblo de Dios” y que genera “pertenencia” e identidad que nunca es meramente personal sino también comunitaria.

Por ello mismo —prosigue el Papa— “la misma dinámica de identidad comunitaria —¿a quién pertenezco?— vivifica el ethos de nuestras instituciones católicas.

La escuela o la universidad, en efecto, pueden ser el marco del encuentro personal con Jesucristo, la experiencia concreta de una comunidad de amor, viva y operante que haga, a su vez, de la fe de quienes la componen, docentes y estudiantes, una realidad viviente hecha identidad.

Pero identidad no meramente formal y declamada sino realmente vivida. No sorprende, entonces, que Benedicto vaya a fondo en las consecuencias —y lo transcribo aquí a la letra: “La identidad de una universidad o de una escuela católica no es simplemente cuestión del número de estudiantes.

Es una cuestión de convicción: ¿creemos realmente que solo en el misterio del Verbo encarnado se esclarece verdaderamente el misterio del hombre? (cf. Concilio Vaticano II Gaudium et Spes 22) ¿Estamos realmente dispuestos a confiar todo lo nuestro , inteligencia y voluntad, mente y corazón a Dios? ¿Aceptamos la verdad que Cristo revela? ¿Es tangible la fe? ¿Se expresa fervorosamente en la liturgia, en los sacramentos, por medio de la oración, los actos de caridad, la solicitud por la justicia y el respeto por la creación de Dios?

Solamente de este modo damos realmente testimonio sobre el sentido de quiénes somos y de lo que sostenemos —y concluye— desde esta perspectiva se puede reconocer que la “crisis de verdad” contemporánea está radicada en una “crisis de fe”.

Como decíamos al comienzo, para el proyecto curricular de una institución católica que se precie de tal y dé testimonio de su identidad no basta que “hable de Cristo” sino que tiene que “recapitular todo en Cristo” convirtiendo esta Verdad (Logos) en el centro de la existencia —y de la vivencia— personal y comunitaria de todos sus miembros.

En pocas palabras: debe ser una comunidad de fe. Más aún —como insiste el papa Francisco— una universidad y una escuela “en salida misionera”, que “toma la iniciativa”, que anuncia “sin excluir a nadie”, que propicia la “mística de vivir juntos”, que “fortalece la experiencia de fraternidad”, que “cuida la fragilidad de las personas” y, finalmente, “que cuida el mundo en que vivimos”.

Es indudable que muchas de nuestras instituciones son, en verdad, católicas y procuran vivir y testimoniar una clara identidad; pero no menos que otras, por diversos motivos, no tienen de católicas sino un barniz.

En ellas falta vida, mística y convicción y, como no se vive a fondo la fe, no se busca una verdadera “integración del saber”. Tal vez en las clases de religión o en la catequesis se transmitan contenidos cristianos, pero esto resulta un añadido que poco o nada tiene que ver con el desarrollo de las distintas disciplinas.

En consecuencia, no se educa a los alumnos de modo integral, como gusta decir al papa Francisco, poniendo cabeza, corazón y manos en consonancia de tal modo que el estudiante piense lo que siente y hace, sienta lo que piensa y hace y haga lo que piensa y siente.

Tanto Benedicto XVI como el papa Francisco han insistido en que nos hallamos en una verdadera “emergencia educativa”. La educación católica, en consecuencia, debe encarar urgentemente una profunda renovación que la lleve a una mayor coherencia con la fe.

Una vez más es necesario tomar en serio las advertencias del Concilio Vaticano II en la Declaración sobre la Educación Cristiana, cuya finalidad no solo es la formación humana integral, sino también el desarrollo personal de la fe, de la oración y de la participación en el culto, el progreso de la vida del hombre nuevo en Cristo, el afán comunitario y apostólico (cf. n. 2).

Para concluir, quisiera afirmar la necesidad de renovar con fuerza el “pacto educativo” —propiciado por el papa Francisco— no solo entre escuela y familia sino también entre sociedad y escuela, sin excluir al propio Estado, de modo tal que la renovación de la educación sea el resultado de una red de relaciones, atentos a que la educación es un hecho coral [implica a todos los ciudadanos] y no una función especializada [solo de los docentes].

Una sociedad auténticamente laica y plural (no laicista) acepta estos principios con facilidad. Si los rechaza, es que estamos en una sociedad con una democracia meramente ideológica y con una libertad substancialmente deteriorada.